Ahorrar no siempre pasa por mantener nuestros capitales en forma de dinero

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Poderoso Caballero es Don Dinero es una de las estrofas más conocidas de Francisco de Quevedo. En ella, el poeta español del Siglo XVI ensalza las facultades del dinero, como el elemento de deseo por antonomasia entre los diferentes individuos.

Y es que Quevedo tenía razón. Existe una creencia generalizada entre la población en que atesorar la mayor cantidad de dinero posible nos hace más ricos. Si disponemos de un millón de euros, por ejemplo, podemos comprar cualquier cosa que se nos venga a la mente, como esa casa, ese coche o disfrutar del viaje de nuestros sueños. Sin embargo, mantener nuestros ahorros en forma monetaria no siempre es la mejor opción, sobre todo si tenemos en cuenta las alternativas que existen en la actualidad.

El dinero es un concepto diferente al de riqueza

Uno de los errores más comunes que cometen los individuos que poseen una cantidad importante de ahorro es pensar que mantenerlo en forma de dinero es la mejor de las decisiones, ya que con él pueden comprar cualquier bien en el momento que así lo deseen. Es más, muchos de ellos lo atesoran en sus viviendas en cajas fuertes o, directamente, debajo del colchón.

Sin embargo, preservar capital de este modo es exponerse al riesgo. Por un lado, es evidente que atesorar mucho dinero en nuestra casa es ir con un cartel en nuestra cara diciendo ¡Róbame!, por muy escondido que lo tengamos y por muy seguros que estemos de que está a buen recaudo. Bajo mi punto de vista, nunca fue una buena idea, ni siquiera, guardarlo en cajas fuertes.

Pero, además, hay dos problemas económicos y financieros adicionales:

  • Por un lado, este dinero está perdiendo poder adquisitivo. Con el paso del tiempo, el capital atesorado en su forma más líquida, el dinero, acaba perdiendo valor por el efecto erosionador de la inflación, que hace que podamos comprar menos bienes con esa misma cantidad de dinero.
  • Además, nos estamos perdiendo buenas oportunidades de inversión. Bien es cierto que es necesario mantener una cierta cantidad de dinero para acometer los pagos más a corto plazo y adquirir bienes y servicios pero, disponer de dinero ocioso tienen un gran coste de oportunidad, al no utilizarse en inversiones más productivas que nos generen un cierto rendimiento.

Entonces, ¿qué debo hacer con mi dinero ocioso? Por lo general, las personas que no saben qué han de hacer acuden a su asesor financiero de confianza. En todo caso, la regla suele ser mantener esa parte necesaria en dinero líquido e invertir el resto en productos de inversión. ¿Dónde? Eso ya depende del riesgo que estemos dispuestos a soportar.

¿Renta fija o renta variable?

En la actualidad, existen multitud de productos financieros que se adaptan al riesgo que cada inversor quiera asumir. Los hay que son más adversos al riesgo y, por tanto, no les importa obtener una rentabilidad menor siempre y cuando su inversión esté a salvo, y los hay más arriesgados que buscan una mayor rentabilidad asumiendo mayores riesgos.

En general, las personas menos arriesgadas escogerán productos de renta fija. Este tipo de producto financiero se caracterizan por obtener un determinado rendimiento fijo a lo largo de la vida útil del mismo; es decir, se invierte conociendo de antemano cuál es su rentabilidad y, por tanto, también implícitamente su riesgo. En este grupo se engloban los productos de ahorro, como los depósitos de ahorro, o los bonos corporativos y de deuda pública.

El otro gran grupo de productos es el de renta variable. Este tipo de productos financieros se caracteriza por no conocer de antemano la rentabilidad que va a generar el título que adquiramos, que puede llegar a ser negativa. Al no conocer los rendimientos, éstos pueden ser mayores, iguales o menores a los de la renta fija por lo que estamos asumiendo un cierto riesgo a cambio de una mayor rentabilidad. En este grupo se engloban las acciones y todo el conjunto de derivados financieros.

Dentro de este espectro se sitúan la mayor parte de activos financieros que podemos adquirir. Productos que van desde los títulos de deuda pública, el más seguro, hasta participaciones en una empresa de nueva creación con un alto potencial de crecimiento, en la que su situación futura es una auténtica incógnita.

Huelga decir que no hay un método de inversión mejor o peor, sino que cada uno depende de la aversión al riesgo y de necesidades que tenga cada inversor particular. Habrá personas que, bien por comodidad o porque no se sienten seguros con una inversión más arriesgada, invertirán en productos de renta fija mientras que otras que soportan mejor el riesgo invertirán en productos de renta variable.

Por último, cabe afirmar que, al margen de que el objetivo de obtener rendimientos adicionales con nuestros ahorros, estos capitales ayudan a financiar empresas mediante el trasvase de recursos de los agentes con superávit de ahorro a aquellos que tienen déficit, aumentando los recursos prestables en el circuito financiero de la economía.

Conclusiones

Si bien Francisco de Quevedo tenía razón, tenemos que tener en cuenta de cuándo data una de sus estrofas más conocidas. En aquella época, el sistema financiero no se había desarrollado como tal y la única riqueza que podían mantener los individuos era en forma de dinero o bienes más o menos perecederos.

Sin embargo, en la actualidad, existen métodos más que suficientes para que nuestro dinero no pierda valor con el paso del tiempo que, además, se adaptan a casi cualquier tipo de inversión. La decisión última es nuestra, en todo caso.

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Conversación

  • Alfonso Sainz de Baranda

    Más que de riesgo hablaría de volatilidad, que es uno de los tipos de riesgo.

    La diferencia es muy importante porque lo que de verdad nos debería importar es lo mismo que cuando lo tenemos en casa, que nos “Roben” (el equivalente a que la empresa quiebre).
    La volatilidad solo significa que el precio cambia cada día y que tendremos que esperar más tiempo para que este riesgo vaya despareciendo (que es lo que pasa a largo plazo excepto con chicharros)

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