Cinco aplicaciones prácticas (y sorprendentes) del dilema del prisionero

El dilema del prisionero es un clásico de la teoría de juegos, una de las teorías económicas más complejas que existen y que hemos abordado en varias ocasiones. Se trata de un dilema de planteamiento sencillo, en el que se nos da la opción de cooperar por el bien común y que todo el mundo salga beneficiado (aun a riesgo de que otros no colaboren y salgamos perdiendo) o traicionar (con el riesgo de que todos traicionen, y entonces todo el mundo sale perdiendo).

A continuación, además de recuperar este apasionante problema, vamos a descubrir cinco aplicaciones prácticas (y sorprendentes) del dilema del prisionero, que podremos utilizar en determinadas situaciones de nuestra vida diaria e incluso mientras conducimos.

El dilema del prisionero

El dilema del prisionero es en apariencia muy sencillo, básicamente propone la siguiente situación:

La policía ha detenido a dos sospechosos de cometer un delito importante. No tiene pruebas para condenarles por ello, pero sí de otros delitos menores. Así que los separan y tratan de que confiesen la verdad ofreciéndoles el mismo trato a cada uno: si confiesa y su compañero no, saldrá libre y a su amigo le caerán 10 años, ahora bien, si los dos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Por otro lado, si no se delatan, serán condenados a un año de prisión por esos delitos menores. .

dilemadelprisionero

Está claro que la mejor opción para los dos es permanecer callados, aunque también es la más arriesgada (si el compañero le traiciona, pasará mucho tiempo en la cárcel). No obstante, aunque para el bien común lo mejor es que cooperen, al final traicionar es lo que minimiza pérdidas, pues ofrece la posibilidad de salir libre o, en el peor de los casos, de tener una condena menor si el compañero también confiesa.

Golden Balls y su divide o roba

Una magnífica aplicación del dilema del prisionero se utilizaba en el duelo final del programa Golden Balls. Llegados a este momento del concurso, a los dos participantes se les daba la posibilidad de escoger, en secreto, entre dos bolas doradas, una que contenía la palabra “split” (divide) y la otra “steal” (roba), aunque en este caso sí podían hablar con el otro concursante para convencerle de que ambos escogieran dividir.

Y es que si ambos participantes elegían “split” se repartían a medias el premio que habían ido acumulando durante todo el programa. Sin embargo, si uno escogía “steal” y el otro “split”, el que escogía robar se lo llevaba todo, mientras que si ambos elegían “steal”, se iban con las manos vacías. En este vídeo podemos ver un final habitual del programa, en el que un jugador engaña al otro haciéndole creer que va a dividir el premio.

Pero lo más interesante de este programa es la manera de afrontar el dilema que tuvo uno de los concursantes. En su caso no intentó convencer a su oponente de que genuinamente iba a dividir el dinero, sino todo lo contrario, le confesó que iba a escoger “steal” y llevárselo todo, aunque le prometía que después le daría la mitad. Su contrincante, atónito, le decía que para eso que cogiera “split”, pero el primero no cedía e insistía en que cogería “steal”.  El resultado final es brillante, pero os dejo que lo veáis antes de comentarlo.

Como habréis podido ver, el concursante que firmemente afirmaba que iba a coger “steal” (robar) consiguió convencer a su oponente de que luego le daría el dinero, y este aceptó elegir “split” aunque se fuera a ir a casa sin nada más que una promesa. Pero aún nos aguardaba otra sorpresa, porque al final, al abrir las bolas, resulta que ambos escogieron “split” y se repartieron el dinero.

Una jugada muy interesante por parte del concursante que, desvelando que va a coger la opción más avariciosa, se hace con la posición dominante de la negociación y pone a su oponente entre la espada y la pared, debiendo elegir entre perderlo todo de forma irremediable o confiar en una promesa hecha en un plató de televisión.

Adam Smith, John Nash y cómo ligar en un bar

Adam Smith afirmaba que “en la competencia, la ambición individual beneficia al bien común”. O lo que es lo mismo, si cada empresa e individuo busca su máximo beneficio, también acabará mejorando al grupo. Sin embargo, ya hemos visto que en el dilema del prisionero esto no es así, y el máximo beneficio se obtiene cuando cada individuo busca lo mejor para él y para el resto del grupo.

En la película “Una Mente Maravillosa”, que tiene a John Nash como protagonista (genialmente interpretado por Rusell Crowe), hay una escena en un bar que lo explica con meridiana claridad. Nash y sus amigos están tomando unas cervezas cuando entra un grupo de chicas con una rubia muy atractiva a la cabeza. Todos deciden que van a intentar ligar con ella, pero Nash les convence que lo mejor para el bien común es que cada uno escoja a una amiga, porque si van todos a por la rubia, esta les rechazará por sentirse asediada, y luego lo harán las amigas por haberlas escogido como segundo plato.

Aquí el dilema del prisionero se aplica porque todos deben confiar en que ningún amigo va a intentar ligar con la rubia y sacar el máximo beneficio individual a costa de traicionar a sus compañeros. Si todos buscan su máximo beneficio, al final todos salen perdiendo.

El juego de las escaleras de Wii Party

De todos los divertidos mini juegos que incluye el videojuego Wii Party, hay uno que siempre me pareció muy interesante y que dio lugar a muchas discusiones mientras lo jugábamos: el de las escaleras. Su mecánica es una variante del dilema del prisionero: cada uno debe escoger un número (uno, tres o cinco) y, si nadie más lo escoge, subirá ese número de escalones. El primero en llegar arriba, gana.

Lógicamente, aquí interesa escoger el cinco y que nadie lo haga, porque así llegaremos antes, aunque al ser un número tan alto, corremos el riesgo de que lo elijan otros concursantes. Son muchas las estrategias posibles, pero la que más sorprendidos nos dejó a todos fue la de mi hermano, que en un movimiento similar al que hemos visto en Golden Balls, empezó a avisar a todo el mundo de que siempre, en todo momento, iba a coger el cinco.

Así conseguía una posición dominante, pues el resto sabía que el cinco era una apuesta perdida, llevándose la victoria varias veces hasta que decidí que, puestos a perder, prefería que no ganara mi hermano, dedicándome a elegir el cinco también para arruinarle la estrategia y que venciera alguno de los otros dos jugadores.

El profesor generoso

Dylan Selterman, un profesor de la Universidad de Maryland, en Estados Unidos, plantea a sus alumnos cada año la misma pregunta a través de un formulario online:

Aquí tienes una oportunidad para conseguir puntos extra en la nota de tu trabajo final. Puedes elegir entre si quieres que se sumen 2 o 6 puntos a la nota, pero hay una condición: si más del 10% de la clase elige 6 puntos, entonces nadie recibirá puntos. Las respuestas serán anónimas y solo yo podré verlas.

Se trata de otra variación del dilema del prisionero en la que la avaricia de varios individuos acaba afectando al bien común, pues basta con que uno de cada diez alumnos quiera los seis puntos para que nadie reciba ni uno. La realidad es que Selterman lleva haciendo esta pregunta desde 2008 y no ha repartido puntos ningún año, quedando patente que muchos buscan su máximo beneficio confiando en que el resto mirarán por el bien común.

El dilema del prisionero en la carretera

Un enfoque muy interesante del dilema del prisionero y el bien común se da también en nuestras carreteras. Y es que resulta que si todos fuéramos a 100 kilómetros por hora, el tráfico sería, de media, más fluido que si fuéramos a 120 km/h, pues a esa velocidad el “efecto acordeón”, por la que una pequeña disminución de la velocidad puede acabar parando el tráfico kilómetros atrás, no se acusa igual que a 120 km/h, tal como podemos ver en estos vídeos de Planing Transportation Visions.

La cuestión estriba en que, si el grueso del tráfico circula 100 km/h, existe un número de coches que pueden ir a una mayor velocidad sin que eso reduzca la fluidez del resto. Sin embargo, al igual que ocurre con el caso de las notas, si este número de individuos que buscan su máximo beneficio (llegar antes que el resto) es excesivo, al final todo el mundo llegue más tarde a su destino.

¿Qué otras aplicaciones prácticas (y sorprendentes) conocéis del dilema del prisionero?

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Imagen | Dingopup

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