Contrato social, o por qué no pagarías una cena en casa de tus suegros

Brindis, una celebración social

Imaginemos la situación. Sábado por la noche, vas a conocer a los padres de tu pareja, que te han invitado a cenar. Llegas, te presentas, tu futura suegra resulta ser una mujer adorable que además ha preparado unos platos deliciosos que saboreas con verdadero placer. Tu suegro ha elegido un vino que está tremendo… Todo transcurre la mar de bien hasta el momento en que, ya a punto de marcharte al cine con tu media naranja para rematar la velada, sacas el monedero y preguntas a sus padres: “¿Cuánto se debe?”

Claro, es posible que la reacción de tus suegros no sea demasiado positiva. ¿Por qué? Al fin y al cabo, si ellos se han dejado un dineral en preparar la cena, ¡qué menos que entregarles un dinero a cambio! ¿No funciona así el mundo? Pues… no, y la respuesta algo más extensa a esa pregunta es algo que el investigador Dan Ariely denomina “contrato social“. Frente al contrato mercantil, claro.

Pongamos otro contexto. Una empresa en la que los trabajadores perciben que sus sueldos no van en consonancia con los objetivos de la empresa. La empresa gana mucho, pero los trabajadores no perciben esas ganancias en sus bolsillos. Desmotivador, ¿verdad?

Ahora démosle la vuelta a la situación y veamos que esos trabajadores sí que tienen en sus nóminas el resultado de los beneficios de la empresa, pero nada más. Nadie les dice que lo están haciendo bien (ni tampoco que lo están haciendo mal), nadie les apoya ni les deja de apoyar, nadie les completa el sueldo de forma afectiva, ni siquiera con una observación sobre el desempeño de sus funciones… Si en un momento dado alguien les pide un esfuerzo adicional, es más que probable que no lo lleven a cabo.

¿Por qué? Por la ausencia de un contrato social. Dan Ariely, a quien conocemos de sus teorías sobre la comparativa de precios y el valor añadido de los números, describe como contrato social la alta implicación que encontramos en una relación que se establece entre personas o entre una persona y una institución. Y esa implicación supera los límites de lo económico para entrar en el terreno de lo social.

Contrato social o contrato mercantil

Más allá del “yo trabajo, tú me pagas”

Así, la motivación laboral no sólo depende del salario, ni siquiera de un aumento salarial. Obviamente, quien no pueda trabajar o quien sienta que se desloma para el sueldo que le pagan, dirá que eso está muy bien, pero que lo primero es cobrar un sueldo correcto. Y sí, esa es la plasmación más pragmática de la pirámide de las necesidades formulada por Maslow. Sin embargo, una vez cubierto lo imprescindible, que es la parte económica, el contrato social sigue siendo necesario para obtener los mejores resultados.

¿Por qué? Por razones prácticas también. Más allá de los fríos números (“más allá de”, no “en sustitución de”), las personas nos caracterizamos por sentir las cosas. Si sólo vemos unos números que equivalen a un trabajo, ante una petición del jefe por un esfuerzo puntual, el trabajador siempre puede responder que ese esfuerzo equivale a dinero. Y no todas las empresas están en disposición de remunerar esas puntas de trabajo. Pero es que, además, aunque la empresa pagase adecuadamente el sobresfuerzo, el trabajador no se sentiría tampoco motivado. Simplemente vería más dinero en su cuenta corriente.

El contrato social es lo que hace que una persona se ponga a trabajar en una ONG sin percibir ni un euro. O que un domingo se ponga el chándal y se dedique a ayudar a un amigo en la mudanza. O que ante una punta de trabajo se arremangue y saque adelante esas tareas adicionales sin plantearse demasiado si se lo van a pagar con dinero o no. El contrato social es aquel en virtud del cual aportamos una dedicación, una labor y un compromiso extraordinarios sin esperar dinero a cambio.

Pero este contrato social tiene al menos dos limitaciones. La primera, que el compromiso sea extraordinario. Vale, nos quedamos un día (o una semana, un plazo finito) porque hay que sacar ese trabajo que es tan importante. Pero un día; porque si no, ya no hablamos de contrato social sino de tomadura de pelo. Y la segunda, que como nos movemos en la esfera de los sentimientos, más vale que todos rememos en una misma dirección si no queremos ver cómo la motivación se desmorona por momentos.

Si nos prestamos a ayudar al amigo en la mudanza, y él luego nos pide que ayudemos a toda su familia, que están todos cambiándose de piso, o si en cuanto llegamos a su casa nos dice que vayamos cargando armarios mientras él se marcha al bar…

Pagar por un servicio

Las guarderías y las multas: “Ya que pago…”

Va un último ejemplo para ilustrar esto del contrato social, o de cómo el dinero no siempre es una adecuada moneda de cambio. El caso de las multas en las guarderías. Los investigadores económicos Uri Gneezy y Aldo Rustichini ingeniaron un sistema para evitar que los padres fueran tardones a la hora de recoger a sus retoños en la guardería.

¿Qué sistema impusieron? El de la sanción económica. El equivalente a 3 dólares que se añadía a la factura mensual que pagaban los padres por dejar a sus niños en el centro, y pusieron a prueba su sistema en varias guarderías de Israel. Si un padre o una madre llegaban tarde a recoger al niño, tenían que pagar. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que las personas reaccionamos cuando nos tocan el bolsillo, ¿no es cierto?

Fue un completo fracaso para la causa de las guarderías, y un éxito para los padres tardones, que pasaron a considerar esos 3 dólares como una extensión de la jornada. Claro, pagaban 380 dólares al mes por tener al niño allí. Desde luego, la cuantía de la sanción, que se percibía como mínima, es una razón para el fracaso, pero también la falta de una sensación afectiva. Ya que pagaban, no les venía de aquí. De hecho, luego ya por una cuestión de hábitos ni siquiera retirando las sanciones por llegar tarde a recoger a los niños lograron las guarderías de Israel que los padres fueran puntuales.

Aunque en principio la raíz de la Economía está en el intercambio de incentivos dinerarios, no siempre la economía del día a día se mueve por estos patrones. Más allá de los contratos mercantiles, están los contratos sociales. Y de ellos depende en muchas ocasiones la consecución de objetivos.

Foto | Stuart SJB, Alan Cleaver, Mikel Seijas Alonso
En Naranja | Cuando Gratis nos lleva de la mano, el valor de cero es mayor que cero

Conversación

  • Diego Lorenzana

    Oye, nunca lo he intentado. A ver qué ocurre la próxima vez 🙂

  • 7617

    El ejemplo de las guarderías aparece en el prólogo de Freaknomics. Os lo recomiendo.