El Efecto Pigmalión: ¿es posible ahorrar solo con creerlo?

El Efecto Pigmalión explica cómo se puede alcanzar una meta futura por haber creído en ella desde el principio. Es muy usado como técnica de coaching, pues a menudo marcarse unos objetivos proporciona el impulso suficiente para lograr alcanzarlos.

Un ejemplo muy fácil de este efecto nos lleva al nuestra infancia: cuando en educación física se nos retaba para subir nota saltando el potro o alcanzando cierta cota en el salto de altura. Aquellos que creían que no iban a superarlo ni lo intentaban, haciendo real su pensamiento previo. Por otro lado, los que estaban convencidos de que podrían subir la nota lo intentaban el número máximo de veces permitidas, consiguiéndolo en muchas ocasiones.

El Efecto Pigmalión en economía

El Efecto Pigmalión también esta presente en economía, donde también se le conoce con otro nombre: profecía autocumplida. Ocurre con cierta frecuencia que la propia profecía actúa como palanca para que se cumpla.

Esto es algo que sucede por ejemplo con los indicadores adelantados, como el Índice de Confianza del Consumidor (ICC), que en España se elabora mediante cuestionarios a 1.510 individuos mayores de 16 años. Este índice, que recoge la opinión del consumidor sobre temas como la economía nacional, el estado de las finanzas personales o el clima actual para comprar, ha predicho con cierta exactitud el comportamiento el PIB durante los últimos años.

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¿Cómo es esto posible? Pues en parte debido al Efecto Pigmalión: si la confianza del consumidor es elevada, los empresarios invertirán más para poder atender a la mayor demanda prevista. Esto, a su vez, aumentará el empleo y el consumo para, finalmente, reflejarse en el PIB. Es decir, lo que piensa la gente sobre lo que puede pasar mañana se refleja después en la economía.

El Efecto Pigmalión te ayuda a ahorrar

El Efecto Pigmalión también puede ayudarnos en nuestra economía doméstica. Aunque no lo parezca, la clave de nuestros ahorros futuros está en el potro de educación física de cuando teníamos 10 años. Tomemos como ejemplo a dos personas con ingresos y gastos idénticos: Manuel y Tomás.

Manuel no tiene mucha confianza en ahorrar. Mes tras mes, ve cómo su cuenta va menguando o se mantiene. Simplemente, es algo que cree que no puede controlar. Tomás, en cambio, es una persona que ve el futuro como un momento en que sus ahorros se vuelven una cantidad importante de su patrimonio. Aunque, al igual que le ocurre a Manuel, observa como el tiempo pasa y su capital no aumenta, para él los ahorros son algo que debe crecer día tras día.

Y aquí está la diferencia clave. Tomás hará algo que Manuel es muy improbable que haga: llevará las cuentas de su dinero con esmero y entusiasmo, elaborará un presupuesto familiar y descubrirá qué gastos son los responsables de que no esté consiguiendo ahorrar.

Además, la determinación de Tomás para que su capital aumente hará que busque maneras de que ese dinero sea rentable, ya sea a través de inversiones en bolsa, fondos, planes de pensiones o incluso una pequeña empresa personal.

Manuel, mientras tanto, al no tener demasiadas esperanzas en el ahorro, tan solo llevará una contabilidad somera, poco más que comprobar en el extracto del banco que no se ha hecho ningún cargo incorrecto, y mantendrá el dinero que consiga ahorrar engrosando los números de su cuenta corriente sin ser productivo.

Es muy difícil que una persona que no confía en ahorrar lo acabe haciendo, mientras que para alguien que lo ve con ilusión, este simple pensamiento puede ser la palanca que le lleve a lograrlo. La ilusión es la base del Efecto Pigmalión (y del ahorro).

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Imagen | Julia Caesar

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