Guía para interpretar las encuestas electorales

Las elecciones están a la vuelta de la esquina y los líderes de los principales partidos políticos continúan haciendo campaña. Durante todos estos días les hemos visto en televisión, en la radio, en el periódico o en las calles, siempre con las encuestas electorales como termómetro para medir el clima electoral general.

La pregunta que muchos se hacen es: ¿cómo se realizan estas encuestas?, ¿son fiables?, ¿miden de manera adecuada lo que está pasando y, sobre todo, lo que ocurrirá el 20 de diciembre? La respuesta es sí y no; todo depende de quién y, sobre todo, de cómo los interpretemos.

¿De dónde se sacan los datos?

Dado que no es posible preguntar uno por uno a todos los ciudadanos de un país, en todas las encuestas electorales se elige en primer lugar un grupo de personas que conformarán la muestra de la que se obtendrán los datos. Estas personas se seleccionan de manera aleatoria, pero siempre teniendo en cuenta parámetros tales como la edad, el sexo, la renta o el tamaño de municipio, de manera que la muestra sea representativa del total de la población.

Una vez obtenida la muestra, se les hace una serie de preguntas sobre su intención de voto, la situación del país y el mejor partido para solucionar sus problemas, entre muchas otras. De esta manera, al finalizar la llamada, el entrevistador ya sabe a quién va a votar el entrevistado, incluso aunque este no se lo haya dicho directamente. 

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Con esta información, las empresas obtienen unos datos en bruto a partir de los cuales se puede inferir el resultado aproximado que se dará en las siguientes elecciones. La respuesta espontánea de los entrevistados se traduce en una estimación directa de voto, extrapolando las respuestas al total del censo electoral.

Sin embargo, es necesario un paso más, que consiste fundamentalmente en interpretar a quién votarán los indecisos, aquellos que no han dicho a quién votarán ni han dado pistas suficientes para averiguarlo, o quienes directamente no han dado una respuesta sincera en las encuestas. Este proceso se conoce como la cocina” de los datos.

La famosa cocina; así se “guisan” los datos en las encuestas

Cocinar los datos es el paso más difícil a la hora de inferir una estadística a partir de una muestra. De hecho, se trata de un proceso bastante subjetivo que depende de los métodos que utiliza la empresa que realiza la estadística, hasta el punto de que con los mismos datos de entrada se pueden llegar a conclusiones bastante diferentes.

El objetivo de la “cocina” es, por tanto, indagar en lo que en realidad han querido decir los entrevistados, y no tanto en lo que han dicho, evitando así las respuestas que tienen más visos de no corresponderse con su intención final.

Por ejemplo, si una persona manifiesta que toda su vida ha votado a un partido en concreto, será más fácil que lo vuelva a hacer en las siguientes elecciones, a pesar de que su respuesta en la encuesta haya sido que va a votar a un partido diferente.

Estas empresas utilizan dos ingredientes fundamentales para cocinar:

  • La imputación: preguntando a los encuestados qué opciones políticas votaron en elecciones anteriores se puede aproximar su procedencia política. El objetivo es imputar el voto de un indeciso a un partido en concreto.
  • La ponderación: tiene que ver con aquellas personas que mienten en las encuestas, pero ¿cómo se mide algo tan intangible como la mentira? Las metodologías utilizadas difieren entre sí, pero básicamente se trata de comparar la respuesta de los encuestados con lo que efectivamente ocurrió en otras elecciones. Por ejemplo, si en unas elecciones un partido político obtuvo el 70% de los votos pero solo el 55% de los encuestados afirma haberlo votado, quiere decir que un 30% de la muestra ha dado respuestas que no se correspondían con su intención de voto. A partir de esta información, las estadísticas aplican un correctivo a los datos.

A pesar de los métodos empleados, no todo es tan sencillo. La irrupción de nuevas opciones políticas para las cuales no existen datos históricos, unido a que cada día hay más indecisos reales, complica, y bastante, el proceso de “cocción”.

El ejemplo del CIS

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) elabora de manera periódica encuestas sobre la intención de voto de los ciudadanos. La última de ellas se realizó entre el 27 de octubre y el 16 de noviembre a 17.452 personas de 1.151 municipios en 50 provincias, con datos de edad y sexo aleatorios.

La encuesta consta de 35 preguntas sobre la situación económica general, la gestión del anterior gobierno, su intención de voto y el partido al que votó en las anteriores elecciones, y es considerada como una de las encuestas que más fielmente reflejan lo que ocurrirá más adelante en las elecciones.

Respuesta_Espontanea

Con ello, el CIS maneja dos datos: por un lado, la intención directa de voto, que se extrae de la respuesta espontánea a la pregunta 11 del cuestionario y, por el otro, la estimación de voto del CIS, una vez se cocinan los datos a partir del resto de respuestas de los encuestados:

Encuesta_CIS

De este modo, tenemos una foto fija de la situación de ese momento. Evidentemente, las cosas en política cambian muy rápido, y esta encuesta en concreto se ha quedado ya desfasada. En cualquier caso, sirve para ver la diferencia entre la intención de voto directa y los datos una vez cocinados. La diferencia es notable y, generalmente, los resultados reales suelen acercarse más a los segundos que a los primeros, aunque rara vez son exactos.

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