Las externalidades positivas: así influyen nuestras decisiones sobre la sociedad

Todas nuestras acciones, por simples que parezcan, tienen efectos sobre el resto de la sociedad. En el momento que, por ejemplo, compramos un helado para satisfacer nuestra necesidad de refrescarnos, estamos impidiendo que otra persona lo consuma al tiempo que estamos proporcionando un ingreso adicional al vendedor que, sin duda alguna, le vendrá de perlas para cuadrar sus cuentas.

Si esta sencilla acción provoca una satisfacción en nosotros y en el vendedor, no digamos ya acciones más complejas que tienen una repercusión mucho mayor en el conjunto de la sociedad, como fumar, educar a nuestros alumnos o construir una nave industrial. En economía, las repercusiones de nuestros actos se conocen como externalidades, y guardan una relación estrecha con la formación de precios.

Las externalidades positivas: los efectos beneficiosos de la actividad económica

El trabajo de un profesor consiste en enseñar una o varias materias a sus alumnos. Es una labor compleja pero muy gratificante puesto que, por un lado están posibilitando que sus alumnos puedan convertirse en algo el día de mañana pero, a su vez, están sentando las bases para lograr una sociedad con mucha más cultura y educación que, sin duda, repercutirá a lograr el bienestar de todos los ciudadanos.

Del mismo modo, la labor de los médicos y enfermeros es curar a las personas enfermas que acudan a su consulta, logrando una sociedad más sana en la que la propagación de epidemias no sea un problema de salud pública. Imaginemos un mundo donde no existiese la sanidad o ésta fuese muy limitada; ya no es solo que una persona enferma no podría curarse, sino que la esperanza de vida se reduciría de forma drástica porque la propagación de enfermedades se propagaría sin control.

Tanto la sanidad como la educación son ejemplos paradigmáticos de externalidades positivas, es decir, beneficios no controlados ni directamente atribuibles a una determinada acción, pero que repercuten de forma positiva en terceros que, en este caso en concreto, constituyen el conjunto de la sociedad.

El precio no refleja todo el beneficio

El precio es quizá la variable económica que más información nos proporciona. Con tan solo una cifra, el precio nos dice si un producto está caro o barato en función de su utilidad esperada, ajustándose a valor real por la ley de la oferta y la demanda. Sin embargo, en la mayor parte de ocasiones, el precio del producto no refleja las externalidades que provoca, ni positivas ni negativas.

Por ejemplo, imaginemos que nuestro vecino restaura su casa, pintando la fachada y modificando los materiales por otros más nuevos . Al ser su vivienda, él tendrá que asumir todo el coste que le suponga realizar esta restauración. Sin embargo, la restauración de su vivienda ha resultado tener beneficios colaterales sobre la nuestra y todas las del vecindario, ya que ha aumentado su valor debido al mejor aspecto que presenta la vivienda de nuestro vecino.

El coste de esta restauración ha sido asumido en exclusiva por nuestro vecino pero nosotros hemos recibido un beneficio sin haberlo pagado. En este caso, el precio no ha tenido en cuenta la externalidad provocada por la restauración de la vivienda de nuestro vecino. En este sencillo ejemplo, y si todo se hubiese ajustado de forma correcta, nosotros tendríamos que haber remunerado al vecino por la parte proporcional del beneficio o utilidad recibida con la restauración.

¿Cómo evitar el desajuste en el precio con las externalidades positivas?

Como los precios no tienen en cuenta las externalidades positivas, las decisiones económicas no pueden estar basadas en la plena eficiencia del sistema de precios, puesto que se excluyen parte de los beneficios derivados de una determinada acción. En este caso, la externalidad se calcula como la diferencia entre los beneficios privados y los sociales.

El objetivo es premiar lo suficiente a los agentes económicos que causan estas externalidades positivas para que se beneficien de ellas, incentivando de esta manera su producción. A menos que los hogares y las empresas puedan internalizar sus costes y beneficios y, por tanto, puedan obtener el beneficio social derivado de su producción, el mercado por sí solo suele conducir a situaciones subóptimas en las que el sector público tiene que intervenir para solucionarlo.

En estos casos, como la sociedad desea una producción mayor, lo habitual es que el Estado subsidie estas prácticas con algún tipo de subvención o subsidio que incentive una mayor producción de este tipo de bienes.

En definitiva, las externalidades positivas constituyen uno de los más famosos fallos del mercado, en el que los beneficios sociales adquiridos como consecuencia de la producción de un bien (educación, sanidad, i+D) no se reflejan en el precio del mismo.

En Naranja | Los bienes públicos: cuando el Estado controla parte de la producción

Imagen | jarmoluk

Conversación

  • minue

    La externalidades positivas es una de las razones por la que los mercados más libres funcionan quizás mejor en lo económico pero sufren en lo social, ya que hay ciertas cosas como la sanidad o la educación, en las que aplicar principios económicos de rentabilidad influye negativamente en la sociedad.