Las infraestructuras públicas: un buen indicador del grado de desarrollo de un país

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Me encanta salir a correr por los parques. Ya solo el hecho de poder respirar aire fresco y ver a otras personas con los mismos intereses que yo me hacen evadirme del estrés laboral diario. Y creo que, como yo, mucha otra gente disfruta del bienestar que le proporciona un parque de diversas formas: llevando a los niños a jugar con los columpios o a la pelota, haciendo barbacoas o simplemente pasando un buen rato hablando con sus amigos.

Pero claro, el parque, los columpios o las barbacoas no siempre han estado ahí, al igual que no lo han estado tampoco ni las carreteras, ni las vías del tren, ni siquiera muchos de los árboles que pueblan nuestra ciudad. En la mayoría de ocasiones ha sido el estado el que ha puesto a disposición de sus ciudadanos estos servicios; es decir, es el estado el que ha financiado mediante impuestos la inversión pública.

Sin la inversión, no hay progreso

En general, aunque no hayamos estado nunca allí, cualquiera de nosotros sabemos que la mayoría de países africanos son subdesarrollados y, por tanto, más pobres que los países de nuestro entorno. Sin embargo, ninguno de nosotros debería saber tal cosa, ya que ninguno tenemos información de los principales indicadores económicos y, aunque la tuviésemos, no sabríamos cómo interpretarla.

Entonces, ¿cómo podemos saber que son países pobres si nunca hemos estado allí ni tampoco tenemos información verdaderamente fiable? Pues bien, la respuesta es sencilla: por sus infraestructuras. Cuando vemos un documental en televisión de un país centroafricano vemos carreteras sin asfaltar, farolas medio caídas y viviendas sin electricidad y mucho menos teléfono o Internet.

En definitiva, cuando vemos un proyecto de infraestructura, como un largo puente colgante, un tren de alta velocidad o un centro comercial de última generación y capaz de autoabastecerse desde un punto de vista energético, percibimos ese país como desarrollado, y como subdesarrollado en caso contrario. Es decir, el desarrollo o subdesarrollo de un país depende de la inversión que, en el caso de las infraestructuras, suele ser inversión pública.

Pero es que, además, nuestra vida sería totalmente diferente sin estas inversiones. Si no hay carreteras, no podríamos tener vehículos ya que no podríamos desplazarnos en ellos y tendríamos que utilizar un carro movido por caballos como en la antigüedad. Tampoco podríamos cocinar ni utilizar Internet, ya que no existiría ninguna central de producción energética, y así con casi cualquier acción cotidiana que se nos pueda ocurrir.

En definitiva, sin la inversión, también llamada formación bruta de capital fijo, nos tendríamos que retrotraer a las épocas de las cavernas. De ahí que tal concepto tenga una importancia esencial dentro de la economía de un país, hasta el punto de formar parte del cálculo del PIB nacional.

¿Cómo influye la variación de la inversión pública en la economía?

Hay un consenso bastante fuerte entre los economistas en que la variación del gasto destinado a inversión pública, como por ejemplo el destinado a obra pública (carreteras, puentes, etc) tiene un notable efecto sobre la economía.

La razón es sencilla. Imaginemos que la Comunidad de Madrid decide sacar a concurso la construcción de un nuevo proyecto de ingeniería civil, un nuevo túnel en la M-30, para mejorar las comunicaciones de la capital y descongestionar el tráfico. En un primer momento, son varias las empresas que pujan por el proyecto pero, finalmente, la Comunidad de Madrid decide adjudicárselo a la que lo hace con un precio más barato, por valor de 200 millones de euros.

La empresa constructora, viendo la complejidad del proyecto, necesita contratar varios ingenieros de puertos y caminos y bastantes más peones de los que tenía en plantilla en ese momento para acometer la obra civil. Es decir, la construcción de este nuevo túnel ha logrado aumentar la producción de la empresa constructora y, por tanto, ha logrado reducir el desempleo.

No solo eso; al disponer los nuevos trabajadores de mayor renta, consumirán más, lo que redundará en un mayor empleo, que a su vez, redundará en un mayor consumo y así sucesivamente. A este efecto se le denomina multiplicador keynesiano, en honor al célebre economista inglés de principios del Siglo XX, John Maynard Keynes.

Aún así, existen otras teorías económicas que creen que un aumento de gasto público, al provocar una subida de los tipos de interés, reduce la demanda de inversión y por tanto, enfría de alguna manera la economía.

Sea como fuere, el caso es que un aumento o reducción de gasto público y, más concretamente, de la inversión pública tiene efectos claros y evidentes sobre la actividad económica general. Desde luego, de lo que no cabe duda es que la construcción o mejora de infraestructuras tiene un efecto beneficioso para todos nosotros como ciudadanos.

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Imagen | josecarli

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