¿Por qué no se puede plantar todo el trigo del mundo en una maceta?

maceta

Cuando estudiaba en el colegio, uno de mis experimentos favoritos era el de plantar un garbanzo dentro del recipiente de un yogurt. Verlo crecer no solo me hacía sentir bien, si no que ya pensaba en tener que sacarlo a la terraza porque llegaría un momento que su tamaño me impediría tenerlo en casa. Lo que yo no sabía es que por mucho esperara la planta nunca se iba a hacer tan grande como para tener que sacarla de casa.

Pero ¿por qué ocurre esto? Puede que pienses que esta obviedad casi ni merece respuesta ¿verdad? Pues bien, en economía responder a esta pregunta no es tan obvio. De hecho, la ley de rendimientos decrecientes (que es la que explica este fenómeno) es una de las más famosas de la ciencia económica, y ha sido debatida a lo largo de la historia por una gran parte de los más famosos economistas.

¿Cómo se producen los bienes?

Cualquier producto que se nos ocurra, incluso el más simple, lleva aparejado un proceso productivo detrás más o menos complejo en el que han intervenido al menos dos factores productivos: el capital (la maquinaria) y el trabajo (la mano de obra humana). Pensemos en un lapicero. Al ser un bien simple, bien podríamos pensar que es tan sencillo de producir que bien lo podría haber hecho una máquina de forma automática ¿verdad? Sin embargo, la extracción de la parte de la mina o la tala de árboles para la parte de madera requiere de trabajadores que lo hagan.

Cada uno de estos factores se usan en una determinada proporción, en función de su importancia dentro del proceso productivo. Habrá ocasiones en las que la producción de un determinado producto necesitará más mano de obra y menos maquinaria y otras en las que esta proporción sea la inversa.

Pero, en general, cuando aumentamos al menos uno de los dos factores (por ejemplo, cuando contratamos un trabajador más o cuando compramos una máquina más), aumenta la cantidad de productos que se pueden producir o bien se reduce el tiempo necesario para producir una unidad de ese producto; es decir, aumenta su productividad.

Es sencillo de ver. Volvamos de nuevo al ejemplo del lapicero. Mientras un solo leñador podría ser capaz de talar cinco árboles al día, dos podrían talar diez árboles y así se podrían fabricar una mayor cantidad de lapiceros en menor tiempo. Del mismo modo, substituir una motosierra antigua que se haya quedado obsoleta por otra más nueva puede llegar a producir mayor cantidad de productos en menor tiempo.

Cuando el rendimiento de los factores es cada vez menor

Pero este aumento de productividad no es indefinido. Es decir, contratar mil trabajadores o comprar mil nuevas máquinas no nos garantiza que la producción vaya a ser mil veces mayor. Pensemos en una fábrica cualquiera, en la que la producción depende de que cada trabajador maneje una máquina. Podemos tener cien máquinas manejadas por cien trabajadores, pero ¿de qué serviría tener tres trabajadores más si no hay máquinas suficientes para todos ellos? En este caso tendríamos recursos infrautilizados. Para aprovechar esos tres trabajadores sería preciso tener al menos tres máquinas más.

Esta es precisamente la ley de los rendimientos decrecientes, cada vez obtendremos menor producción adicional a medida que se añaden cantidades adicionales de un determinado factor si el otro factor sigue manteniéndose constante, y esta es precisamente la ley central de la producción.

Podemos decirlo de otra manera, y es que es posible que cantidades adicionales de un factor (por ejemplo, contratar un trabajador más) aumenten la cantidad producida al principio. Pero no indefinidamente. Llega un momento que añadir sucesivas unidades de ese factor no solo no aumenta el producto final, si no que puede empezar a reducirlo.

Tenemos que tener en cuenta un tercer factor, que es el estado de la tecnología. No es lo mismo aumentar la cantidad de ordenadores de hace diez años que aumentar la cantidad de ordenadores en la actualidad. La diferencia en la capacidad de procesamiento de uno y otro es tan enorme que podríamos substituir un ordenador actual por diez de hace diez años. Evidentemente, una tecnología más actual influye positivamente en la productividad, por lo que la ley de rendimientos decrecientes es válida únicamente si mantenemos la tecnología constante.

Conclusiones

Esta ley explica una serie de cuestiones que los economistas no habían sabido dar respuesta hace ya bastantes años. Por ejemplo, sirve para explicar cuál es la combinación óptima de capital y trabajo, es decir, en qué cantidades tenemos que aplicar una y otra al proceso productivo, explicando cuáles son las posibilidades reales de cada factor para así proporcionar una planificación en función de las necesidades de producción empresarial.

En definitiva, esta ley explica por qué no se puede plantar todo el trigo del mundo en una maceta. Por muchas semillas que plantemos, la superficie cultivable será insuficiente, y por eso tendremos que ampliarla. De no existir esa ley, perfectamente podríamos cultivar todo el trigo del mundo en esa maceta.

Tengo que reconocer que aquí he hecho un poco de trampa. No es que esta ley no permita cultivar todo el trigo en la maceta, si no que la imposibilidad física de hacerlo lleva a esta ley, por lo que aunque nadie la hubiese promulgado, nunca se podría hacer tal cosa. Es lo que tiene la economía; algo que nos puede parecer tan evidente, en realidad ha sido centro de debate económico durante mucho tiempo. Y desde luego, seguirá siéndolo.

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Imagen | Mattox

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