Uno más uno no siempre suman dos. Los retos de la inteligencia colectiva

Vivimos tiempos de wikinomía, esa idea que hace ahora ocho años recogieron Don Tapscott y Anthony Williams en su libro Wikinomics: la nueva economía de las multitudes inteligentes (ISBN 9788449322549) y que aborda la economía de lo colaborativo como una nueva revolución para el sistema económico. Una revolución que se apoya en el uso de internet por las personas para crear nuevos modelos basados en la participación abierta a todos por medio de tecnologías de código abierto, como los sitios wiki en internet.

Esta vertiente de la economía digital se fundamenta muchas veces en procesos abiertos y compartidos por la comunidad de usuarios, dando lugar a una inteligencia colectiva que, como toda inteligencia, cuenta con sus limitaciones y plantea unos retos que nos recuerdan hasta qué punto los sistemas basados en globalidades pueden revestir complicaciones particulares.

Vísteme despacio, que tengo que decidir

inteligencia colectiva

Uno de los principales atractivos de lo compartido en algunos modelos de negocio está en la velocidad con la que los usuarios pueden contribuir al funcionamiento del negocio e incluso a su crecimiento. Desde la socorrida Wikipedia hasta el popular agregador de noticias Menéame, la velocidad de decisión es un valor que se tiene como positivo. De hecho, la palabra hawaiana wiki no deja de significar eso mismo: rápido, y dio nombre al formato de páginas modificables por lo fácil y rápido que resulta alterar los contenidos desde el mismo navegador, en principio sin ningún tipo de validación externa.

En otro nivel se sitúan los sitios de promoción de noticias como el mencionado Menéame, que basan su acción en el mismo principio de velocidad de la toma de decisiones: una noticia se elige por la comunidad de usuarios como destacable y por tanto queda publicada en la portada del agregador en función del interés que despierte entre los usuarios del sitio; y ese interés se mide, entre otros baremos, por la velocidad a la que los usuarios deciden votarla.

Otro ejemplo de este tipo de decisiones lo encontramos en redes sociales como Twitter, donde los trending topics se eligen en función del número de usuarios que abordan un tema… y de la velocidad con la que se propagan los mensajes. ¿Es la velocidad una buena consejera cuando se deciden las cosas aunque sea de forma colectiva?

O precisamente porque se deciden de forma colectiva.

La mayoría no siempre tiene razón

Inteligencia colectiva

Otro de los retos que presentan las economías basadas en la inteligencia colectiva está en que esta inteligencia a veces dista de tomar decisiones inteligentes. En parte, porque internet es un ámbito laxo que se presta a una enorme multitud de usos, y también los usos relacionados con el ocio personal, las decisiones grupales pueden ser las menos adecuadas para el objetivo que se persigue inicialmente. “Es que internet es así”, se puede decir…, siempre que uno no haya invertido ni un euro en un negocio que pueda ser reventado por la inteligencia colectiva.

Vamos a ver un ejemplo extremo de cómo la inteligencia colectiva puede ser poco inteligente, desde un punto de vista absolutamente racional. Pongamos por caso la elección de un aspirante nacional a conseguir un triunfo internacional. Pongamos que hay que elegirlo entre todos. Y pongamos que hablamos de un evento en el que la elección se puede realizar por una colectividad indeterminada de usuarios de internet, que con sus votos anónimos empujan a su candidato favorito.

Pongamos por fin que la mayoría decide enviar a un candidato que objetivamente no es el más adecuado para ganar el certamen, porque quienes lo eligen están realizando un acto de protesta, irónico o sarcástico, contra el mismo certamen. No es difícil identificar casos concretos: Eurovisión 2008, con el ficticio Rodolfo Chikilicuatre empujado por el late show ‘Buenafuente’ de La Sexta, sería un ejemplo algo light si lo comparamos con el intento de John Cobra por acceder a la edición del año siguiente, empujado por los usuarios de Forocoches.

Dejando de lado el comprensible sentido humorístico o corrosivo de estos planteamientos agitadores y las motivaciones para llevarlos a cabo (dar un toque de atención, atacar desde dentro, acabar con la participación española en el certamen), si el objetivo puro de enviar un cantante a Eurovisión era ganar el concurso, claramente la inteligencia colectiva no había estado por la labor. Buscando otros ejemplos menos arriesgados tendríamos que explorar si los trending topics de Twitter reflejan o no temas relevantes cada mañana. ¿Alguien se tomaría seriamente a Justin Bieber, GH15 y compañía como el pulso de una sociedad? Pues lo mismo que a Chikilicuatre o a Cobra como iconos patrios de la canción ligera.

Y ya sin entrar en casos de humor evidente como los descritos, podemos pensar en decisiones grupales serias que no necesariamente son las más acertadas, bien por falta de formación de las personas que toman la decisión, bien por influencia de algunos de los participantes sobre los demás.

En tiempos de la inteligencia colectiva, un dromedario sigue siendo un galgo diseñado por un comité

la inteligencia colectiva y el dromedario galgo

La imagen del galgo que va cargando con ocurrencias de los miembros del comité hasta convertirse en un dromedario de diseño es mucho más antigua que la eclosión de internet, la web 2.0, la nueva idea de la inteligencia colectiva, la economía de lo colaborativo y la wikinomía. Pero dibuja como pocas imágenes uno de los retos principales de la inteligencia colectiva: la necesidad de saber seleccionar cuando ejercemos nuestra actividad personal en el seno de un colectivo.

En cuanto al caso del galgo, tal y como recoge Marçal Moliné en su libro La fuerza de la Publicidad (ISBN 9788448128210, pág. 75):

“Probablemente alguien dijo que sería muy comercial dotar al animal de unas fundas para abrigar sus delgadas patas, y de este modo se podría ofrecer a los clientes un galgo más resistente al frío. Otro propuso dotarle de un depósito en el morro, para que pudiera intervenir en carreras largas sin repostar, lo cual a su vez dio lugar a la propuesta de situar un compartimiento, alojado bajo el cuerpo, para llevar otros accesorios, y colocarle un gorro para que el calor no bajara su rendimiento en verano, etcétera, etcétera. Y así salió el galgo, o la estrategia o el anuncio…”

Aunque la inteligencia colectiva haya pasado por alto, década tras década, que el póster atribuido a Carlos Rolando (otros lo atribuyen a Daniel Melgarejo) muestra un extraño camello y no un dromedario, la idea sigue siendo válida. Sin una adecuada canalización del conocimiento, el trabajo resultante puede ser cualquier cosa menos lo proyectado. En el libro de Moliné se explica con un titular tan sugerente como clarificador:

“Todos opinan, pero uno sabe”

¿Significa esto que la economía de lo colaborativo que se asiente sobre los principios de rapidez, colectividad y disparidad de ideas no es válida? Al contrario, la wikinomía, si así la queremos llamar, es muy válida, el primer gran salto evolutivo después de la Segunda Revolución Industrial y el primero en el que la inteligencia colectiva toma el control de parte de la economía. Pero precisamente por la importancia del creciente papel que tiene y tendrá en el desarrollo de nuestra sociedad, conviene que tengamos presentes cuáles son sus limitaciones.

Conversación

  • minue

    Muy interesante, a mi la wikinomía no me parece la panacea, pero hay que reconocer que hay proyectos por ahí muy interesantes como el de re-captcha y guttemberg…

  • Mario Cobretti

    Creo que sirve para llegar al 80 % de las soluciones pero no es perfecto el proceso de toma de decisiones en masa. Basta con ver las audiencias de televisión…