Cuando los urbanitas del campo vuelven a casa

Vivir en el campo

Qué bonita es la vida en el campo, lejos del mundanal ruido, con sus gorjeos de pajarillos y su arroyo por donde fluye el agua entre los guijarros. Esa plaza, esa iglesia, esa quietud, esa calma. Desde luego, no hay nada como vivir a kilómetros de la ciudad, aunque lo de bajar cada día hasta allí para ir a trabajar presente algún que otro inconveniente, que con los precios que está alcanzando ya la gasolina…

Hasta hace muy poco tiempo, muchos eran los que huían de la ciudad al campo en busca de una mejor calidad de vida. Sin embargo, poco a poco están surgiendo voces que hablan de la vida en ciudad como una opción mucho más sostenible y ecológica que la vida en el campo, y que además conlleva un ahorro significativo. ¿No es paradójico?

Por supuesto, todo depende mucho de las necesidades específicas de cada persona. A alguien que trabaje desde su casa con un ordenador conectado a internet, quizá le parezca que una casa edificada en medio de la nada ya satisface sus necesidades si hasta allí le llega la conexión, y explicará que en el campo vive mucho más tranquilo, sin el bullicio de la gente ni los humos de la urbe.

Bueno, y si hablamos ya de megalópolis, conurbaciones y conceptos afines que sólo con el nombre ya asustan, lo más seguro es que nuestro amigo que se ha mudado al campo explique que ahí no hay forma humana de vivir con tanto ajetreo. Y, visto así, seguro que tiene su parte de razón.

Vivir en ciudad, ¿mayor calidad de vida?

¿Cómo se puede entonces afirmar que en la ciudad se vive mejor que en el campo? Quizá la respuesta a esta pregunta sea abordar el principio de calidad de vida. En nuestro caso, como aspiramos a ser consumidores inteligentes, calidad de vida significa sacar el mayor provecho de nuestro dinero y, por tanto, ejercer el consumo inteligente.

En ese sentido, una de las partidas que más preocupa a un nivel global es el consumo que realizamos de la energía. Y hay motivos para afirmar que, por ejemplo, un grupo de viviendas construidas en bloque, desde un punto de vista de la conservación de la energía, son más eficientes que el mismo espacio vital dispuesto en casas aisladas en medio del campo. Siempre será menos costoso calentar o enfriar un bloque de viviendas que una vivienda por aquí, la otra por allá…

Además, los cableados, las tuberías y demás conexiones también son más eficientes también en la ciudad que en los ámbitos rurales. Una muestra de esto la tenemos en las casas aisladas adonde hacer llegar una simple línea telefónica se ha convertido durante años en toda una peripecia. Hoy, las líneas inalámbricas permiten que llegue el teléfono, pero el agua corriente, por ejemplo, sigue necesitando de una infraestructura tangible que resulta más costosa cuanto más alejada está de la central.

Aquí, por lo tanto, el ahorro en energía puede decantarse del lado de la ciudad. Otra cosa sería apostar por el autoabastecimiento en todo lo energético, apostando por las energías renovables, pero los costes derivados de las instalaciones, tanto a la hora de emplazarlas en cada casa como a la hora de mantenerlas y conservarlas, quizá harían un flaco favor al ahorro que perseguimos. En todo caso, podría incorporarse el autoabastecimiento a los bloques de las ciudades, y repartiendo los costes entre todos los vecinos sí que podría haber un buen ahorro en energía.

Del ahorro personal al ahorro colectivo

Por otra parte, los transportes también son más eficientes, por definición, en lugares donde todo queda cerca que en lugares donde todo queda a larga distancia de todo. Pensemos en un medio neorrural de esos que tan de moda se pusieron hace unos años: la urbanización en las afueras del pueblo. En una urbanización se respira aire puro, sí, pero hay que usar el coche hasta para ir a comprar el pan.

¿Sale a cuenta este estilo de vida? Desde luego, habría que considerar si el hecho de vivir en un lugar apartado compensa el sobrecoste económico que conlleva. Si pensamos en los trayectos que debe realizar la gente que vive en la urbanización cuando se desplaza a la ciudad más cercana, desde luego el ahorro individual se va a la misma velocidad que el ahorro colectivo.

Ahorro colectivo en carreteras, por ejemplo. Sin una masa de ciudadanos que tenga que desplazarse a diario del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, no sólo existe un menor consumo de carburante sino también un mayor rendimiento de las infraestructuras viarias y una reducción de los riesgos viales, lo que también supone un buen ahorro económico. Lo mismo, para el transporte de mercancías que hay que hacer llegar a los núcleos poblacionales más alejados.

Para el transporte personal, quienes reivindican la vida en ciudad abogan por usar las piernas en cuanto sea posible. Y, para todo lo demás, una red de transporte público bien creada, gestionada y mantenida. Desde luego, si lo que nos preocupa es el ahorro, esta visión tiene su valor.

Todo, en su justa medida

Claro, que quienes apoyan la visión urbanita se refieren a ciudades de tamaño mediano, equilibradas, sin llegar a extremos de densificación de la población que hagan del espacio disponible un lugar inhabitable. Lo ideal, según esta visión, sería lograr ciudades que dieran un buen equilibrio entre la habitabilidad y la eficiencia.

En la ciudad, ¿es todo tan perfecto como se pinta? Pues seguramente no. Por ejemplo, sabemos que vivir en la ciudad puede resultar estresante y que la urbe aliena. El ruido y en general la calidad del aire son otros aspectos que no se pueden dejar de lado, ya que repercuten en un serio coste: la salud, que a su vez deriva en problemas de despilfarro económico, ya sea individual, colectivo o ambos.

Con todo, el urbanismo contempla cada vez más la posibilidad de llevar a cabo ciudades más habitables y equilibradas. Y, en cualquier caso, a quienes se inclinen por volver a la ciudad siempre les quedará la posibilidad de llevarse un trocito de campo a la urbe, ya sea en un microhuerto particular o bien en un campo de cultivo urbano algo mayor. Sea como fuere, el debate cobra actualidad cada vez que nos planteamos cuál será la mejor forma de vida: ¿en la ciudad o en el campo?

Foto | TumbingRun

Conversación

  • solitario

    Veo que no conoces la Geotermia ni que tampoco tienes idea de lo que es la climatación pasiva. Claro que como este gobierno le ha dado una patada a las renovables…

    Hoy en día se pueden hacer casas (o adaptar la que ya tienes) autosostenibles, totalmente con consumo 0, si no eres un derrochador y si es por el pan… el pan del pueblo es mucho más bueno, más sano y dura toda la semana sin que se quede como un chiclé o se ponga duro. Ni que hablar de las gallinas de corral, …y sus huevos. Y donde haya una buena olla casera, que se quiten los precocinados. En fin, podría escribir un par de horas más de los beneficios de vivir en el campo o en un pueblo pueblo.

    • loqu

      El artículo no trata de eso. Por supuesto que vivir en el campo de un modo totalmente autosostenible es lo ideal, pero si no vas a hacerte el pan y a cultivar tus verduras, y si vas a seguir currando en la ciudad, es mucho más razonable vivir en la ciudad que en una casa en las afueras o directamente en el campo, que es muy bonito pero no es sostenible.

  • clavijero

    En cuanto al tema energético, es perfectamente sostenible si se utilizan las energías renovables. En el campo se pueden encontrar muchas fuentes (geotecnica, fotovoltaica, eolica, biogas…)que puedrían utilizarse incluso para alimentar vehículos eléctricos y solucionar el problema del transporte que menciona el artículo.

    En cuanto al tema económico, de cada ciudadano, todos sabemos que es mucho más barato vivir en el campo. Para empezar el precio de la vivienda es mucho menor, hay menos oferta de productos chorras (y por tanto, menos consumismo inútil), etc.