Las monedas pasan y la vida continúa

Peseta y Euro

Últimamente no es difícil escuchar opiniones enfrentadas en cuanto a mantener o no el euro como moneda, e incluso hay quienes abogan por la necesidad de volver a las divisas anteriores, cuando no existía la unificación monetaria en Europa y convivían los francos franceses con las liras italianas, las pesetas españolas con los escudos portugueses y los florines neerlandeses con los marcos alemanes. Aquel guirigay monetario acabó cuando llegó la unificación en una sola divisa: el euro.

Desde luego, el euro no ha sido la única moneda que ha acabado con la existencia de muchas otras, ni seguramente será la definitiva. Es ley de vida que las monedas llegan, se utilizan durante un tiempo y después se cambian por otras, ya que de hecho lo llevan en la razon fundamental de su existencia: servir como medida de cambio para el comercio de bienes y servicios y también como unidad de cuenta. Bueno, y para ser coleccionadas por los aficionados a la numismática, claro.

Tomemos por ejemplo la peseta, una moneda que a muchos nos suena porque fue la divisa española que empleamos para ir a comprar al colmado hasta el año 2002. Sin embargo, no siempre la peseta fue como la conocimos, rubia y brillante, sino que mucho antes se empleó para designar un múltiplo de otra moneda, fue acuñada en tiempos de Napoleón y también fue la moneda que ordenó expedir la reina Isabel II para que coexistiera con el resto de sistemas monetarios españoles.

¿Cómo? ¿Sistemas monetarios españoles? ¿Eso significa que había un guirigay de divisas también en nuestro país? ¿Como en la Unión Europea de antes del Euro? Pues sí, ni más ni menos que eso es lo que había en España: un apabullante lío de monedas, denominaciones y equivalencias que quedaba reservado sólo a los expertos en comercio.

De hecho, la primera moneda que sirvió para conjuntar un poco el sistema monetario en España fue el maravedí. Fruto de la Reconquista, el maravedí o “moneda almorávide” se acuñó por primera vez en el Toledo del año 1085 a instancias del rey Alfonso VI a imitación de otros reinos españoles, que poseían una gran profusión de monedas, y con el fin de poder comerciar con el mundo musulmán en tierras castellanas.

Con el paso del tiempo, ya en el siglo XIV el maravedí será sustituido por la dobla castellana, una de tantas variantes que tenía la dobla, pero queda como moneda de cuenta para facilitar la conversión entre las decenas de divisas que coexisten en la Península Ibérica: sueldos, cuartos, pugesas, pepiones, burgaleses, escudos, reales…

Nuevo maravedí, viejo maravedí

A lo largo del siglo XV, el valor del maravedí se ve sometido a fuertes devaluaciones como consecuencia de la Primera Guerra Civil Castellana, entre los partidarios de los reyes Pedro I y Enrique II de Castilla, y así aparece el nuevo maravedí como sustituto del viejo maravedí, del cual toma el mismo nombre pero sólo la mitad de su valor.

La idea de una sola moneda que unifique las existentes todavía no se ha planteado, de la misma forma que no existe una unión de criterios en otras unidades de medida básicas para el comercio, y con este panorama llegamos a la unificación de la Corona de Castilla con la Corona de Aragón, donde encontramos reales, ducados, dineros, maravedís excelentes, maravedís dobles excelentes, blancas… Una colección de monedas que en algunos casos resistirán en plenitud de uso hasta el año 1868.

Con la Revolución de 1868, la Gloriosa, se acaba con las diferentes casas de monedas que había en Sevilla, Segovia, Barcelona, Madrid y otras ciudades españolas, y se instaura una moneda única, que deberá cumplir los dictados de la Unión Monetaria Latina, que aboga por la lógica del sistema métrico decimal que se impone en Europa.

Se recupera el nombre de “peseta“, que se utilizaba tanto para denominar los reales de a dos castellanos acuñados en la Barcelona de la Guerra de Sucesión del siglo XVIII como para llamar a las primeras monedas emitidas en lengua española, y no en latín, durante la invasión napoleónica a partir de 1808 y también para identificar la moneda que había impulsado en su momento la reina Isabel II, ahora derrocada. La primera peseta oficial sale a la calle en 1869.

Y de ahí, hasta 2002. Lo cierto es que las monedas vienen y van, cambian sus nombres, cambian sus valores, cambian los materiales en que se fabrican. Todo cambia, pero el uso que podemos darle a cada una de nuestras monedas queda. Si las empleamos de una forma correcta, se llamen como se llamen seguirán sirviendo a su cometido: ser medida de cambio en las transacciones comerciales y unidad de cuenta para no perdernos entre cifras. Y el resto… un día u otro será Historia.

En Naranja | Año 2030: ¿Echaremos de menos las monedas y billetes?

Conversación

  • paolucci_84

    Enhorabuena por el post Josep, me ha gustado mucho la clase de historia 😉
    Lo cierto es que a día de hoy no es nada raro encontrarse con gente que opina que estábamos mejor con la peseta, que les permitía comprar más y ahorrar, etc. y que el euro ha supuesto nuestra condena. Me hace gracia que digan esto, porque solo demuestra la falta de información y de objetividad de la gente: hasta 2002 que mantuvimos la peseta, nuestra economía se encontraba en pleno boom en buena parte gracias a la burbuja inmobiliaria, que generaba empleo y nos permitía endeudarnos por encima de nuestras posibilidades y así seguimos hasta 2007 ya con el euro y nadie se quejaba. A partir de ese momento y hasta la actualidad, hemos topado con la realidad y ahora que intentamos ajustarnos a ella, la gente recurre a la excusa más fácil y ponen a parir a la moneda única…

    Señores, como bien dice el artículo, las monedas pasan y la vida continua!

    Saludos.