Cuando lo barato sale caro: El coste de ahorrar en lo que no se debe ahorrar

Ahorrar es genial, es algo que todos en este blog compartimos: nos hace sentir bien y nos prepara para el futuro. O, al menos, eso dice la teoría. Pero para que se cumpla esta teoría tenemos que aplicarla bien: tenemos que ahorrar bien, en condiciones que no repercutan negativamente en nuestro futuro y mirando el beneficio a largo plazo. Hoy hablamos de lo que ocurre cuando lo barato sale caro.

Lo primero que nos viene a la mente son los productos baratos de mala calidad, que constituyen un buen ejemplo de un ahorro ficticio. Un ahorro que, en realidad, nos acaba saliendo caro.

Productos de mala calidad

Los productos de mala calidad suelen ser baratos. Lo suficiente como para que se compren. Mucha gente ha sido víctima de la compra de un producto de tecnología (sector líder en productos de mala calidad) lo suficientemente barato como para que la alarma interna nos haga presionar el botón. Es demasiado barato como para no comprarlo, y nuestro sistema límbico (el pasional) nos obliga a adquirirlo pensando que es mejor poseerlo que quedarse con la duda.

Cuando ese producto llega a casa lo observamos y levantamos la vista en busca de la cámara oculta. El cerebro límbico se apaga y el neocortex (la parte racional) se pregunta por qué puñetas llegamos a comprar aquello. El producto de la caja no se parece en nada a lo que yo compré. ¿Se trata de una broma?

Cables sueltos, baterías que no cargan, pantallas que se rompen o botones que se hunden en las tripas de los dispositivos para no volver nunca son solo algunos ejemplos de uno de los sectores en los que la calidad suele ser dudosa cuando se compra por Internet para “ahorrarnos un dinerillo”. En ocasiones somos víctimas de nuestro propio supuesto ahorro.

Pero no solo en los productos de mala calidad está la trampa de este ahorro ficticio.

Los consumibles y el mantenimiento caro

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El falso ahorro no aparece solo en productos que nos salen rana. Como ya vimos con las impresoras, a veces el que parecía el mejor precio es el que más gasto conlleva. Por lo general, los productos baratos pueden darnos el problema de una mano de obra, mantenimiento o consumibles caros. Así, si compramos la impresora barata, acabaremos teniendo que comprar los cartuchos caros. Eso no es un ahorro muy inteligente.

La ropa barata es otro ejemplo de ello. Si compramos un pantalón, por muy barato que sea, pero nos dura en buenas condiciones tan solo unas semanas, estaremos perdiendo dinero. Si llenamos nuestro armario de prendas de este estilo, acabaremos pagando mucho más en el futuro.

Elizabeth Cline, escritora americana, comentó en una ocasión: “Lo barato sale caro porque hoy en día compramos una prenda de ropa sabiendo que sólo nos durará unos meses”

Obsolescencia programada de productos de bajo precio

Los productos de bajo precio tienen una duración, en general, menor que los de un precio un poco más elevado. Por un lado está la obsolescencia programada, un factor que algunos encuentran necesario en nuestra sociedad como motor económico. La obsolescencia programada hace que un producto deje de sernos útil al tiempo o con una serie de usos. Pero no se trata de un fallo: han sido fabricados para ello. Existe una correlación entre obsolescencia y precio: a mayor precio, menor obsolescencia programada.

Por el otro se encuentra la baja investigación o los productos de usar y tirar. De esto último son un ejemplo las pilas alcalinas de toda la vida. Todos sabemos que será mucho más barato comprar pilas de tipo batería (o recargables), pero seguimos comprando pilas de un solo uso. Eso sin pensar en el medio ambiente, al que los productos de usar y tirar no ayudan demasiado.

Ahorro real, y saludable

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Lo ideal es ahorrar bien. Y esto es con cabeza, a largo plazo, comprando aquello que necesitamos y sin excesos. Un falso ahorro, como el ahorro en alimentación, puede repercutir en nuestra salud. Algo en lo que nunca debemos escatimar.

Por ejemplo, comprando una bicicleta podemos no solo ahorrar dinero a largo plazo, sino ejercitarnos. Con un huerto urbano podremos ahorrar un dinero, y disfrutar de comida sana proveniente de un hobbie. Cambiar el gimnasio por el running puede suponernos un ahorro saludable.

El ahorro, tal y como habíamos dicho al principio, ha de hacernos sentir bien y prepararnos para el futuro. Y a ti, ¿se te ocurre algún ahorro saludable?

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Imágenes | BraxmejerAjelSkeeze

Conversación

  • Javier Noval

    “Tomemos el caso de las botas, por ejemplo. Él ganaba treinta y ocho dólares al mes más complementos. Un par de botas de cuero realmente buenas costaba cincuenta dólares. Pero un par de botas, las que aguantaban más o menos bien durante una o dos estaciones y luego empezaban a llenarse de agua en cuanto cedía el cartón, costaban alrededor de diez dólares. Aquella era la clase de botas que Vimes compraba siempre, y las llevaba hasta que las suelas se quedaban tan delgadas que le era posible decir en qué lugar de Ankh-Morpork se encontraba durante una noche de niebla solo por el tacto de los adoquines.
    Pero el asunto era que las botas realmente buenas duraban años y años. Un hombre que podía permitirse gastar cincuenta dólares disponía de un par de botas que seguirían manteniéndole los pies secos durante diez años, mientras que un pobre se habría gastado cien dólares en botas durante el mismo tiempo y seguiría teniendo los pies mojados.
    Esa era la teoría “Botas” de la injusticia socioeconómica del capitán Samuel Vimes”

    Sir Terry Pratchett – “Hombres de Armas”

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