Cursos online: cómo ir del lavado de cara digital hacia unos MOOC más eficaces

¿Cómo pueden los cursos online ser realmente eficaces? ¿Cómo pueden aprovechar las ventajas de la comunicación a través de internet? ¿Cómo pueden reducir los riesgos de la formación a distancia? Seguramente no exista una solución milagrosa para conseguir todo esto, y también seguramente por eso la eficacia de los cursos online no está tan relacionada con el medio como con la manera en que se plantea cada curso.

Nadie puede dudar que vivimos una eclosión de los llamados MOOC (Massive Open Online Courses, o cursos online abiertos y multitudinarios), y que ese tipo de formación llama la atención, al menos en principio. Formación específica, bien orientada a un objetivo concreto, flexible en función de la disponibilidad y las capacidades del asistente, ¡y encima gratuita en muchos casos! ¿Quién se resistiría a estos encantos?

Pues… la mayoría de los alumnos.

¿El final de los MOOC cuando apenas han empezado?

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Hace poco más de un año, la Universidad de Pensilvania rebajó la espuma de la alegría que rodeaba a los MOOC al explicar que sólo un 4 % de los asistentes completa estos cursos (entre el 2 % y el 12 %, según la materia). No se trataba de un caso aislado, tal y como recogía Tecnoxplora: un curso de la Universidad de San José (en el muy tecnológico Silicon Valley) había sido cancelado porque los alumnos online sacaban peores resultados que los alumnos presenciales, y en la Universidad de Princeton habían llegado a conclusiones similares.

En el mundo de la Educación se suele decir que si un alumno no cumple con las expectativas académicas, el error puede estar en el alumno, pero que si falla toda una clase, el error puede estar en el profesor… o en el sistema que se emplee para educar a esos alumnos. Obviamente un curso online exige un compromiso nulo a la hora de formalizar la matrícula (más aún, si el curso es gratuito, porque tendemos a valorar más todo aquello que nos cuesta un dinero): en un minuto habremos presionado el botón de “Aceptar” y luego ya veremos lo que hacemos. Obviamente también, cuando se permite esta disparidad de niveles de compromiso, estamos ante un MOOC que no cumple con una de las premisas básicas en el mundo educativo: la constancia es la base del aprendizaje. Si el sistema de un MOOC concreto no permite controlar esa constancia, lo que falla no es (sólo) el alumno, sino (también) el planteamiento del MOOC.

Pero hablábamos de poner soluciones al problema, ahora que ya lo tenemos esbozado. Hay quienes se quedan en la piel del asunto, y entonces sugieren que a los cursos online les falta recursos para hacer más atractiva la educación, por aquello de que lo divertido entra de mejor manera que lo soso y aburrido. Quizá el ejemplo más chocante sea el que propone Karim Amrani y que recoge Yorokobu: si un curso es aburrido, lo mejor es usar animaciones GIF, que es lo que se usa en internet para romper el hielo, para proponer un descanso neuronal, o simplemente para hacer el gamberro, que también lo necesitamos de vez en cuando.

toi-hecho-polvoVisto así, el problema queda caricaturizado (y nunca mejor dicho, porque los GIF son la caricatura del siglo XXI) y relegado a una mera cuestión de divertimento. Sin embargo, esto es prácticamente como afirmar que el fracaso escolar se cura llenando las libretas con pegatinas, como quien forra un libro de texto con los Tois del Bollycao.

De hecho, nunca ha podido demostrarse que forrar un libro con los Tois del Bollycao fomentara un mayor rendimiento académico.

Es el fondo y es la forma

Si en Literatura el fondo y la forma deben guardar relación, en Comunicación son el medio y el código del lenguaje los que tienen que ir a la par. En Educación y en Formación, que no son más que clases de Comunicación divulgativa con afán de que las enseñanzas queden bien asentadas y sirvan para que el alumno las pueda poner en práctica de forma autónoma, las formas tienen que casar con los fondos.

Quizá el mejor ejemplo lo dio en una ocasión el decano de Ciencias de la Educación de la UAB, Màrius Martínez, cuando explicó a sus alumnos que no había que proyectar un powerpoint, una presentación con diapositivas, más que si eso servía para enseñar algo que no pudiera ser explicado de otra manera. La de veces que habremos asistido a conferencias en las que un ponente lee a sus pacientes asistentes auténticas novelas por fascículos cuyas frases, palabras y letras se apiñan, peleándose por llenar hasta el menor hueco de la pantalla…

Internet nos permite muchas cosas que la comunicación tradicional sí permite, pero hace más complicado. Los MOOC, por ejemplo, suelen echar mano del vídeo como recurso pedagógico clave. No es de extrañar. El vídeo es una tecnología que se ha hecho su propio espacio en el bullicio de la red, y domina en buena medida los contenidos que se visitan y se comparten en internet. Si una imagen vale más que mil palabras, un vídeo vale más que un millón de imágenes. El problema está en cómo aterrizar esa verdad en el escenario de los cursos online, y plantearse si realmente el vídeo aporta siempre lo mejor al curso. Quizá después de todo suceda que, como en el caso de los powerpoints innecesarios, el abuso del vídeo cuando no viene a cuento sea un nuevo lastre para este formato educativo y formativo. ¿O acaso todos los vídeos que contemplamos los vemos de principio a fin, prestándoles la atención que sus creadores creen que merecen?

Cursos online: mejor verdaderamente online

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Pensemos un poco más. ¿Qué define a internet y al mundo online? ¿Qué constituye, de hecho, la esencia de in-ter-net? Exacto: la conexión, la relación, la interrelación. De nuevo hablando de educación presencial y muy tradicional, sabemos que no es lo mismo una aula dispuesta para una clase magistral (con el profesor frente a sus alumnos, cual actor frente a la platea del teatro) que una aula dispuesta para un debate (con el profesor sentado entre sus alumnos, formando un círculo con las sillas y mesas, para estimular la participación). Y de vuelta a la formación más actual y a los cursos online, habría que ver si un planteamiento magistral es la mejor manera de aprovechar las ventajas de internet.

Los cursos online que fomentan sus planteamientos en el uso de vídeos y más vídeos no hacen más que pasar a imágenes en movimiento una tradicional charla formativa. Los cursos online que aprovechan el potencial de sus alumnos, poniéndolos en relación y permitiendo que sean estos los que den pleno sentido al carácter formativo de estos cursos, son los que mejor resultado pueden obtener, puesto que aprovechan la principal base para el éxito de la Educación y la Formación, que no es otro que la motivación interna.

Motivar al asistente a un curso para que complete su aprendizaje y participe en las actividades propuestas es una chispa que sirve para encender en el asistente el deseo de aprender. Esa es una motivación externa. Pero la motivación interna, la del asistente al curso que se pelea por sacar adelante su formación, es la que permitirá el mayor aprovechamiento de ese proceso formativo. Siendo así las cosas, los cursos online están llamados a ser más atractivos y provechosos cuanto mayor sea la interrelación de los asistentes, mediante los múltiples recursos que nos brinda la tecnología: desde mensajes, instantáneos o no, de grupo por escrito, con notas de sonido o de vídeo, hasta la incorporación a los contenidos de aquellas partes que puedan aportar los alumnos a sus profesores, tras un debido contraste de la información.

No es nada que suene a nuevo. Ya en la Edad Clásica, los alumnos influían en sus compañeros e incluso en sus maestros. La cuestión hoy está en poner ese sistema basado en la interrelación, en un contexto en el que la comunicación fluye y se hace más ágil, también más multitudinaria. Y a partir de ahí,  ponderar las ventajas que nos da internet con el posible riesgo de que el ruido ocasionado sea mayor que el beneficio que se persigue. Nada que un buen moderador de foros no pueda solucionar.

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