¿Deberíamos explicarles a nuestros hijos cuánto dinero ganamos?

Es posible que alguna vez tú mismo te hayas hecho esta misma pregunta: ¿Deberíamos explicarles a nuestros hijos cuánto dinero ganamos? La cultura financiera y contable es un tema que, en ocasiones, se ha llegado a considerar un tabú social hasta una edad avanzada. Recuerdo perfectamente cómo, cuando yo era pequeño, eso de preguntar al de al lado cuánto ganaba estaba no solo mal visto, sino que se trataba de una falta de educación grave, exponiéndote a una contestación del estilo de “¿Y a ti qué te importa?”.

El dinero es la base del intercambio de experiencias, así como la potencialidad de realizar prácticamente cualquier acción. Lo usamos a diario, lo ganamos y lo gastamos y, sin embargo, en ciertos entornos hablar de él todavía tiene connotaciones peyorativas.

Uno de esos entornos es el mundo laboral, donde hay compañeros que no tienen ni la más remota idea que el tipo que tienen al lado y que realiza exactamente la misma labor que ellos, gana más. Pero hoy no hablaremos del mundo laboral directamente, sino a través de los hijos y su educación financiera y contable.

Por qué deberíamos explicarles a nuestros hijos lo que ganamos

Tanto si tienes hijos como si no, esto te interesa. Porque, sin duda, has sido el hijo o la hija de alguien, y puedes verte reflejado en las situaciones que veremos aquí. En un caso cercano, un niño le dijo a su padre que le comprase algo para Reyes (muchos niños ya no se andan con eso de la carta, y van directamente a la fuente del poder: la cartera de papá y mamá). El padre, que fue en este caso quien le dijo que no podía porque no tenía dinero, se sorprendió de la respuesta de su hijo: “Pues ve al cajero, que ahí te dan más”.

Resulta evidente el gran abismo que existía en este caso entre la realidad y lo que el pequeño en cuestión pensaba que era la realidad. Y es que nadie nace sabiendo, aprendemos por experiencias. Cuando nuestros padres se iban a trabajar nos parecía que lo hacían por el mismo motivo por el que nosotros teníamos que ir al colegio: porque sí. Porque hay que ir. Porque es lo normal. Porque es lo que hay que hacer. Y punto.

Pero muy poca gente explica a temprana edad que, si los padres dejan de ir a trabajar, deja de haber dinero en casa (porque es trabajando de donde sale el dinero), y pronto dejará de haber ropa nueva, electricidad, o incluso comida. Aunque por desgracia sí hay familias en las que los hijos aprenden de las experiencias precisamente esto, no es una pauta habitual enseñarles el origen del dinero, el esfuerzo tras él y la rapidez con la que se gasta.

Una explicación muy visual: convertir todo nuestro dinero en efectivo

Un padre norteamericano, Scott Parket, buscó una manera muy visual de explicarles a sus hijos lo que ganaba y, de paso, enseñarles a no malgastar el dinero. Un día sacó los 10.000 dólares que tenía guardados en el banco (yendo previamente a avisar el día anterior) y llegó a casa con una bolsa enorme llena de billetes en montones de 100 dólares. Parker se preguntaba si era posible mantener la inocencia infantil por un lado, pero aumentar su conocimiento sobre el dinero por otro. Y no se le ocurrió otra cosa que llegar a casa con un enorme saco lleno de todo el dinero que tenían.

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¿El objetivo? Llamar la atención a los hijos sobre las cantidades. Sin duda, 100 montones de 100 dólares dan la impresión de ser una cantidad respetable de dinero. Y eso fue lo que pensaron sus hijos al verlo. Recuerdo perfectamente pensar que éramos ricos cuando vi varios miles de pesetas en la cartera de mi padre, siendo yo pequeño.

Nada más lejos de la realidad, mis padres (qué fallo) no eran ricos. Tampoco lo era Scott Parker, y para demostrárselo a sus hijos fue restando del montón lo que habría que pagar de impuestos, lo que costaría pagar las facturas, el pago de la casa, lo que le costaban los scouts, y un largo etcétera con todos los gastos. Por supuesto, al final quedó un montoncito muy pequeño. Y es que vivir cuesta. No entraré en si es caro o barato, debido a la subjetividad. Pero lo que es obvio es que existe un flujo de dinero que gastamos constantemente.

Además, si hay suerte, también existe un flujo de entrada. Y, si adaptamos bien lo que gastamos a lo que ingresamos, podemos incluso ahorrar. Parker consiguió con su ejemplo que sus hijos tuviesen presente el gasto que tenía la familia, y que el dinero no crece en los árboles.

¿Hasta qué punto debemos informar a nuestros hijos de nuestra economía?

Al final, se trata de preguntarnos hasta qué punto debemos informar a nuestros hijos de nuestras actividades económicas. En especial, de dónde sale el dinero, el esfuerzo que hay detrás de él y la facilidad con la que podemos perderlo de no tener cuidado. Por suerte, hay métodos que son más efectivos que decirle a tu hijo:

“Gano 33.000 euros brutos al año, de los que, al final, solo acabo ahorrando 3.000.”

Cuando le dices eso a un niño de cinco años, este te mira del mismo modo que mira el telediario. No se ha enterado de nada de lo que le has dicho. Para él, cantidades de esa envergadura no tienen sentido. Sabe que un chicle son cinco céntimos de euro, pero es muy posible que tarde años en comprender las divisiones y establecer una relación entre lo que es 33.000 euros en chicles.

Es por eso que resulta conveniente a temprana edad el establecimiento de una paga semanal. Por ejemplo, a cambio de la realización de algunas tareas domésticas como puede ser ayudar a recoger la mesa o limpiar el cuarto. A medida que vayan creciendo pueden ir ganando una paga más alta si aumentan su responsabilidad en casa.

El objetivo aquí no es solo enseñarles lo que significa el dinero, sino darles pie a aprender el coste que supone conseguirlo, además de ayudarles a gestionarlo en un futuro. Obviamente, imitarán a los adultos en su gestión. Yokoi Kenji, un ponente especializado en el intercambio cultural, dice que no tiene sentido enseñar a los hijos a hacer algo y luego tú hacer lo contrario. Introduce un ejemplo en el que un padre les enseña a sus hijos a no mentir, pero que luego lo hace para que el pequeño de la familia pague menos al entrar al Zoo. ¿De qué sirve ahorrarme un dinero en el Zoo si estoy enseñando a mis hijos a cómo engañar al sistema y hacerlo mal?

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Los niños deben experimentar el dinero

Los niños, aunque sea con pequeñas cantidades, deben experimentar el dinero y tratarlo de un modo natural, aprender a manejarlo, conseguir no perderlo e interiorizar el ahorro. Como, por ejemplo, el querer comprarse un juguete, y el coste en tiempo y ahorro que eso supone. Probablemente ya tengan una noción básica, los niños no son tontos, pero un empujón hacia el aprendizaje siempre les acabará beneficiando.

Lo cierto es, y me gustaría cerrar el artículo con esta reflexión, que existe un ejemplo social similar pero adecuada a la educación de los adultos. Una medida polémica que, sin duda, trajo cola en su momento, pero que la mayoría de los países del primer mundo ya han interiorizado cuando hablamos de la sanidad pública: la llamada factura en la sombra hospitalaria. Se trata de una factura que el paciente no tiene que pagar, pero en la que se informa del coste total que ha supuesto su hospitalización.

Obviamente el paciente ya la ha pagado mediante impuestos, pero no es sino otro modo de recordarnos que, en el fondo, todos tenemos de niños lo que la ignorancia que nos ocupe. Y que siempre podemos aprender a gestionar mejor.

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