¿Por qué compramos tan mal cuando tenemos hambre?

A todos nos ha pasado. Vamos al supermercado con hambre y volvemos a casa cargados de galletas, chocolatinas, helados, aperitivos, precocinados y chuletones… y se nos olvidan las verduras de la lista.

Esto se explica en gran parte porque, famélicos, todo nos apetece y lo echamos al carro, pero resulta que en otros ámbitos (ropa, electrodomésticos e incluso al invertir en bolsa) también tomamos malas decisiones cuando aprieta el apetito. Entonces, ¿por qué compramos tan mal cuando tenemos hambre?

Nuestra fuerza de voluntad es como un músculo que también se cansa

El profesor Roy Baumeister, un psicólogo de la Universidad Estatal de Florida, es uno de los percusores de la idea de que nuestra fuerza de voluntad es como un músculo que también se cansa, perdiendo en gran parte nuestra capacidad de autocontrol, clave, por ejemplo, para no comprar esa tentadora chocolatina o ese smartphone que tanto deseamos, pero también para no dejarnos llevar por las ofertas del supermercado.

En un experimento llevado a cabo en 2007, Baumeister hizo ayunar a un grupo de estudiantes durante tres horas, para después someter a algunos de ellos a una serie de tareas que requerían de su autocontrol, como concentrarse en ver un vídeo aburrido o reprimir estereotipos negativos. Tras la sesión, los sujetos que tuvieron que llevar a cabo estas tareas tenían unos niveles de glucosa en sangre significativamente inferiores a los que no, demostrando que la fuerza de voluntad no es algo etéreo, sino que requiere energía.

Si el cerebro tiene hambre, es más fácil que se deje llevar por las ofertas del supermercado y llenar el carro con cosas que no necesitamos
Si el cerebro tiene hambre, es más fácil que se deje llevar por las ofertas del supermercado y llenar el carro con cosas que no necesitamos

En esa misma línea, Baumeister llevó a cabo otro experimento. Primero expuso a un grupo de estudiantes a una tarea que requería de toda su atención: debían interpretar el lenguaje corporal de una mujer en un vídeo mudo, al tiempo que se les instaba a ignorar los mensajes escritos que aparecían superpuestos en el mismo vídeo.

Tras el visionado, a una parte del grupo se les dio limonada endulzada con edulcorante, y a la otra con azúcar convencional, para después someterlos a una serie de tareas que en las que se ponía a prueba su autocontrol. ¿El resultado? Aquellos que habían bebido limonada con azúcar lo hicieron mucho mejor que quienes la tomaron con edulcorante, lo que nos lleva a pensar que su falta de disciplina era debida a una falta de energía.

Un cerebro con hambre no quiere trabajar

Hace cinco años, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicó un informe en el que se analizaba las decisiones de ocho jueces de libertad condicional en Israel. Su trabajo consiste básicamente en conceder o denegar la condicional, dedicando una media de seis minutos a cada caso y siendo el no la opción por defecto. Como dato, de media solo el 35% son concedidas.

Lo curioso es que, cruzando la información de las resoluciones positivas con los descansos para comer de los que disponían los jueces, se puede observar como tras las pausas este porcentaje asciende hasta el 65%, para luego ir bajando gradualmente hasta cero. Es decir, que cansada y hambrienta, la mente de los jueces no estaba para mucho trabajo y se decantaba por la opción por defecto.

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Estudios como estos y otros similares demuestran que la comida y la alimentación influyen mucho en nuestra forma de decidir: cuanto más descansado y nutrido está nuestro cerebro, mejores decisiones toma, mientras que cuando le falta el azúcar deja que nuestra parte más emocional tome las decisiones, o simplemente opta por aquello que menos esfuerzo requiera.

Eso nos lleva a decir que sí cuando nos ofrecen un seguro adicional para nuestra compra, a dejarnos seducir por ofertas que no nos interesan o a llenar el carro con todos esos caprichos a los que no nos hemos podido resistir por no alimentar a nuestra fuerza de voluntad. No, si al final la mejor manera de adelgazar (y ahorrar) es comer, al menos antes de ir al supermercado.

Imágenes | Dean Hochman y Edu Alpendre
En Naranja | Por qué el cerebro nos miente al tomar decisiones económicas

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