Por qué el cerebro nos miente al tomar decisiones económicas

Keith Chen, profesor de economía en la Universidad de Yale, condujo un curioso experimento con monos capuchinos. Les daba a los monos unas fichas de metal que podían intercambiar por piezas de fruta con dos cuidadores distintos. El primero les daba una pieza y, tirando una moneda al aire, la mitad de las veces les daba una segunda pieza. El segundo les daba dos piezas y, de nuevo al azar, la mitad de las veces les quitaba una de las dos piezas.

Estadísticamente, ambos cuidadores le daban a los monos el mismo número de piezas  (1,5 de media) pero de forma reiterada estos preferían pedirle la fruta al primer cuidador, en concreto un 71% de las veces. Este comportamiento abiertamente irracional también se da en humanos  (se conoce como aversión a la pérdida) y es una de las claves de por qué el cerebro nos miente al tomar decisiones económicas.

Tememos más a las pérdidas de lo que deseamos las ganancias

En un estudio llevado a cabo por investigadores de las universidades de Stanford, Carneggie Mellon y Iowa, se entregaba a cada uno de los participantes 20 monedas de un dólar y se les invitaba a apostarlos en un sencillo juego de azar. Durante 20 rondas podían apostar un dólar y tirar la moneda al aire. Si salía cara, ganaban dos dólares y medio, y si salía cruz perdían el dólar. Por otro lado, si decidían no apostar, podían conservar el dólar.

Un cálculo de probabilidades rápido nos hace adivinar que lo más rentable es apostar, pues asumiendo que la moneda caerá la mitad de las veces de cada lado, ganaremos 1,25 dólares por cada uno apostado (25% de rentabilidad). Sin embargo, a pesar de esta ventaja obvia, los participantes solo apostaron en el 58% de las rondas, demostrando el peso que la aversión a la pérdida tiene en nuestra toma de decisiones.

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Pero la cosa no acaba ahí. Resulta que aunque la mayoría de los participantes comenzaron apostando, muchos de ellos se fueron volviendo más cautelosos según avanzaba el juego. Especialmente después de una tirada perdida, tras la que solo apostaban el 41% de las veces, reaccionando emocionalmente a los resultados previos de un juego de azar, como si la tirada anterior fuera a condicionar la siguiente.

Más curioso todavía resulta otro dato obtenido por el estudio. Y es que entre los 41 participantes del estudio, 15 presentaban lesiones en ciertas áreas del cerebro relacionadas con las emociones y la valoración del riesgo, vinculadas con la ínsula y la amígdala. Estos sujetos, a diferencia del resto, decidieron invertir el 84% de las veces, logrando de media 25,70 dólares al final del experimento, frente a los 22,80 de media que obtuvieron el resto de participantes. Además, no cambiaban de parecer tras una tirada fallida.

A la hora de tomar una decisión, en nuestro cerebro compiten el sistema de recompensa cerebral y el sistema de aversión al riesgo. A través de la dopamina, el primero nos motiva a realizar las acciones necesarias para conseguir una recompensa, mientras que el segundo se encarga de que esta búsqueda del placer se lleve a cabo sin asumir riesgos mayores que los que ofrece la recompensa prevista.

Lo que ocurre es que nuestro instinto de supervivencia nos hace más proclives a evitar el riesgo que a asumirlo, incluso cuando es lógico hacerlo, lo cual es muy útil cuando debemos tomar la decisión de si luchar contra un león o huir, pero poco práctico cuando nos enfrentamos a decisiones económicas. Es por esta aversión al riesgo que mucha gente prefiere los bonos y la renta fija frente a la renta variable en sus inversiones de futuro, a pesar de que gracias a la diversificación la renta variable es una mejor opción a largo plazo, incluso teniendo en cuenta las fluctuaciones del mercado

Las emociones compiten con nuestra parte racional

Baba Shiv, profesor de la Universidad de Sanford y uno de los investigadores del anterior estudio, llevó a cabo otro interesante experimento para demostrar que las emociones compiten con nuestra parte racional a la hora de tomar decisiones.

Para su estudio, Shiv reunió a 165 alumnos y los dividió en dos grupos. A unos se les indicó que memorizaran un número de siete dígitos y a otros uno de dos dígitos. Tras memorizar el número asignado, los participantes debían pasar a una segunda habitación donde recitar el número memorizado, pero antes de hacerlo, se encontraban frente a una mesa con una tarta de chocolate y una fuente con macedonia de frutas.

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A los alumnos se les indicaba que se trataba de un agradecimiento, y debían elegir si querían un trozo de tarta o un cuenco de macedonia. Después cantaban su número, aunque el hecho de que lo recordaran correctamente era irrelevante para el estudio. Lo que le interesaba al investigador era su elección de fruta o chocolate, y resulta que aquellos que debían recordar un número más complejo eligieron en su mayoría la tarta, mientras que los que solo debían memorizar un número sencillo se decantaron casi siempre por la macedonia.

Esta diferencia de elección encuentra su explicación en la mencionada batalla que se lleva a cabo en nuestro cerebro al tomar una decisión. Con la parte racional concentrada en la difícil tarea de recordar siete números en el orden correcto, la parte emocional se decanta por la seductora aunque no tan saludable tarta de chocolate, mientras que con el poco esfuerzo de recordar un par de números, la parte racional es capaz de vencer a la emocional y elegir una rica y sana macedonia.

Las decisiones económicas, ya sea una inversión o cualquier compra, no son ajenas a esta lucha, por lo que es importante saber controlar nuestra parte emocional y mantener a nuestra parte racional entrenada para escoger mejor, aunque como el propio Baba Shiv afirma, más del 90% de nuestras decisiones las tomamos guiados por nuestra intuición y nuestras emociones, que luego racionalizamos.

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