¿Quién pagará mañana por la electricidad que sale del aire?

Dicen que los cambios que ha traído internet están todavía por descubrir. Que lo de usar las TIC para generar movimientos colaborativos deriva en una nueva economía de lo común que se solapa con las formas más tradicionales de ver el mundo económico. Que lo que le ocurrió a la industria cultural, incluyendo la gran revolución de la prensa, o lo que le pasa al mundo del transporte de viajeros son sólo los primeros indicios de que cuanto conocíamos ya no volverá a ser como era.

Lo iremos viendo en prácticamente cualquier sector que sepa encontrar un camino similar, basado en la pequeña explotación de grandes virtudes. Allá donde haya una persona con la capacidad de ofrecer algo a los demás y con la actitud de relacionarse con sus clientes aprovechando internet, habrá vía de negocio. Y esta vía de negocio podría alcanzar, antes de lo que nos imaginamos, mercados tan cerrados hasta ahora como el de la energía.

Hablemos de la energía eléctrica y volvamos por un momento a los albores de la distribución masiva de la electricidad. Es conocida la dualidad de planteamientos que supusieron las visiones de Nikola Tesla y de Thomas Edison en lo que se conoce como la Guerra de las Corrientes. Lo de utilizar la corriente alterna o la corriente continua fue un polo de tan chispeante guerra aderezada con tintes del peor marketing posible, pero en el trasfondo hubo una diferencia de planteamiento interesante desde esa perspectiva colaborativa que hoy nos acompaña, y que se resume en una idea básica para cualquier negocio: el objetivo.

Producir electricidad es un negocio como otro cualquiera. Uno tiene una materia prima (agua que cae de un precipicio, cosas que se calientan para hacer hervir agua, aire que mueve las aspas de un molino… lo que sea) y esa materia le ayuda a transformar energía cinética en energía eléctrica. A partir de ahí, el precio que uno cobre por esa producción industrial de electricidad es cosa suya, mientras haya alguien que se lo quiera pagar.

Por supuesto, la producción de la electricidad no sirve de mucho si esa electricidad se queda allí donde se produce, de manera que hay que distribuirla. De hecho, fue en la distribución de la electricidad donde se vieron las caras Tesla y Edison, porque por pura Física las ideas del norteamericano eran menos consistentes que las del croata: distribuir energía con corriente continua y no con corriente alterna era absurdo… a no ser que se viera como algo lógico optar por una corriente que era más cara de distribuir. De todas formas, ese era un detalle que siempre se le podía facturar al cliente.

Es decir, que después de todo Edison no estaba tan equivocado como parecía. Lo que pasa es que él y su adversario energético tenían objetivos diferentes. Mientras uno era un científico que se basaba en la razón científica, el otro era un empresario que se basaba en la lógica empresarial. Objetivos diferentes.

La energía eólica y la fragmentación de la producción

De vuelta al siglo XXI, tenemos que tras una centuria larga de distribuciones basadas en llevar la energía con vastas extensiones de cables, el nuevo escenario permite otras formas de hacer negocio. La tecnología permite hoy situar centros productores de electricidad en lugares donde hasta hace unos años era impensable, y eso lleva a fragmentar el antiguo modelo de producción basado en un gran centro de transformación energética que lleva su producto a lo largo de una extensa red de cables hasta los hogares de la gente.

Esa fragmentación se produce a muchos niveles: desde los estados que pueden dejar de comprar energía al exterior y así equilibrar sus balanzas hasta los ciudadanos que pueden producir su propia energía y, ¿por qué no?, compartirla, venderla o lo que consideren con sus vecinos más cercanos.

Pongamos el caso de la energía eólica en Dinamarca, porque es un claro ejemplo de cómo aprovechar los avances tecnológicos. Durante muchas décadas utilizaron en Copenhague para la producción de electricidad un inmenso motor diésel de 22.500 CV que procedía de un barco bautizado en 1933. El motor se utilizó hasta que el ruido y la contaminación se hicieron socialmente insoportables en los años 70. A partir de entonces sólo se ha puesto en marcha para casos de emergencia (la última, en 2003) y por razones de mantenimiento.

La energía eólica ha tomado el relevo con fuerza en Dinamarca. De los 52 kW de capacidad productiva con que inauguró en 1977 su parque eólico, ha pasado a los 4.855 MW como previsión para este año 2014. Ese desarrollo ha revertido en una menor presión sobre la dependencia energética de los hidrocarburos. En la actualidad, alrededor de un tercio de la energía eléctrica que se consume en Dinamarca sale del aire. Literalmente.

En 1990 el país escandinavo fue noticia al convertirse en el primer país que emplazó molinos de viento en el mar. Fueron 11 estaciones que hoy se quedan en nada cuando paseamos por las principales costas del país. El objetivo danés consiste en generar el 75 % de la producción de electricidad con el movimiento del aire. Y si en tierra firme no caben los molinos, se emplazan en territorio marino, de la misma forma que si la tierra te da naranjas… debes plantar naranjos.

Energía eólica y solar, como fuente de ingresos

Hablemos ahora de Alemania. El motor de Europa ha puesto en marcha un proyecto interesante en el ámbito de la economía colaborativa que tiene por objeto llevar a cabo una transición energética liderada por los ciudadanos y por las comunidades. Se subvencionan las instalaciones locales de producción eléctrica, las cooperativas y en general lo que suponga dar un vuelco en materia energética. Y ese vuelco tiene como protagonista las energías renovables y la economía colaborativa.

No se trata de un brindis al sol sino de un proyecto serio de transformar el mapa energético de Alemania aprovechando las energías renovables y el trabajo en las comunidades sin perder de vista la orientación económica de su planteamiento. Desde 2010 han reducido su factura eléctrica en un 32 %, y esa reducción se ha traducido en menos gastos para las empresas. Además, se han generado puestos de trabajo a un ritmo muy superior al conseguido por la industria tradicional del sector.

Empleo y energía

Alemania ya genera el 20% de sus necesidades de estas fuentes y pronto esa cifra supondrá el 30% del total. Es más, hay zonas que ya son un referente de esta manera de trabajar. Wildpoldsried es un pequeño pueblo de Baviera que, con una población de 2.600 habitantes, produce tanta electricidad del viento y la luz del sol que gana 5 millones de euros cada año vendiendo su excedente a la red eléctrica.

Y esto nos lleva a un escenario apasionante. Con la voluntad de sacar el máximo partido a las posibilidades que nos da la economía colaborativa y el trabajo puesto en común alrededor de una forma más limpia de atender a las necesidades energéticas de la sociedad, hoy ya es posible producir electricidad en minifundios energéticos. Y esto es sólo el principio. ¿Quién sabe si en un futuro no compartiremos demandas y ofertas por internet, como quien intercambia archivos? ¿Veremos algún día una red peer-to-peer de la electricidad?

Conversación

  • minue

    Lo de las energías renovables y el crowdsourcing/sharing puede ser muy interesante… es una pena que el gobierno español le haya cortado las alas con el último real decreto sin establecer una compensación de red y con esas tarifas de acceso tan caras, porque si no seguro que mucha gente con casas unifamiliares o incluso plurifamiliares se animaban con la fotovoltaica…