Tiempo de lectura: 4 minutos

En febrero de 2001, un grupo de 17 profesionales informáticos, críticos con el sistema de procesos por el que se regían los procesos empresariales en aquella época, se reunieron en una pista de esquí de unas montañas cerca de Salt Lake City para charlar, esquiar, relajarse y, por supuesto, comer.

Lo que finalmente salió de aquellas pequeñas vacaciones fue un manifiesto que sirvió como punto de partida de las metodologías ágiles, una alternativa a las metodologías formales, que todos ellos consideraban excesivamente rígidas por su excesiva dependencia de planificaciones detalladas.

Pero, ¿en qué se basa este manifiesto? Vamos a analizar uno a uno los cuatro valores que estos 17 agilistas firmaron y que cambiaron para siempre nuestra forma de trabajar.

Individuos e interacciones sobre procesos y herramientas

Es el postulado más importante. Las personas son el activo más importante que tiene cualquier organización, en cualquier nivel jerárquico y disciplinar, e independientemente del tipo de proyecto en el que estén trabajando. El capital humano está por encima de cualquier otro proceso o herramienta, pues son las personas quienes aportan creatividad y capacidad de innovación.

Las empresas deben estar preparadas para entender, dirigir y respetar la capacidad de autoorganizarse de sus empleados. Solo de esta manera se logrará aportar verdadero valor al producto final. Por supuesto, esto no quiere decir que deba desaparecer ninguna herramienta, sino que deben limitarse a ser un mero elemento de apoyo para que las personas puedan lograr sus objetivos.

Software funcionando sobre documentación extensiva

Todos hemos tenido que leer alguna vez algún manual para entender cómo funciona el último aparato que acabamos de comprar. Cuánto tiempo nos habría ahorrado si ese producto hubiese sido funcional e intuitivo, ¿verdad? Pues bien, esto es precisamente lo que proponen las metodologías ágiles.

Si bien es cierto que la documentación es un elemento fundamental en cualquier proyecto, se valora un producto funcional que cumpla con los requisitos iniciales y que sea intuitivo, que al fin y al cabo es lo que realmente valoran los usuarios que van a utilizarlo. Las nuevas tecnologías deben estar al servicio de estos procesos, y deben ser un medio para conseguir productos más funcionales.

Colaboración con el cliente sobre negociación contractual

En un mundo en constante evolución, es importante que el producto final se corresponda con las necesidades del mercado en el momento de su lanzamiento o de la prueba de un prototipo. De nada sirve hacer un buen diseño si el producto se ha quedado obsoleto cuando sale al mercado o en alguna etapa intermedia.

Tanto la propia organización como los clientes deben entender su implicación como una ventaja competitiva que debe estar por encima de cualquier contrato firmado. En una metodología ágil, tiene más peso el diálogo continuo y lo que se haya ido decidiendo en las diferentes etapas del proceso que lo que se haya pactado de antemano. La burocracia dificulta la ejecución de las tareas, así que el objetivo es intentar reducirla al máximo posible.

Respuesta ante el cambio sobre seguir un plan

La principal riqueza de cualquier metodología ágil es su capacidad de evolución y adaptación al mercado. Con una estructura rígida, la respuesta a las necesidades de un mercado cambiante sería muy difícil, pues el seguimiento del proyecto se realiza conforme a un plan establecido del que prácticamente no podemos salirnos.

Sin embargo, una metodología ágil propone que, ante cualquier imprevisto, se dé más importancia a cómo se responda a esta circunstancia antes que al propio seguimiento de las acciones. Si somos capaces de llevar este punto a la práctica de manera adecuada, no hay que tener temor al cambio, una de las mayores preocupaciones de las empresas en la actualidad.

La parte de la izquierda no implica renunciar a la parte de la derecha

El manifiesto no pone en duda que haya elementos de metodologías antiguas que no sean importantes, pero como bien dicen los agilistas que lo firmaron, dan más importancia a los elementos de la parte izquierda del enunciado de cada uno de los valores (es decir, la parte del valoramos más…) que a la parte de la derecha (es decir, a partir del que…).

Es decir, ser Agile no quiere decir que tengamos que renunciar a las herramientas, pues son elementos necesarios que facilitan nuestro trabajo; sin embargo, no deberían convertirse en un elemento que cambie nuestra forma de trabajar.

Tampoco quiere decir que no vayamos a documentar, pero sí que esta documentación sea la justa y necesaria (antes de hacer un documento, pregúntate que puede pasar si no se hace: si no se te ocurre nada negativo, a lo mejor no es necesario).

Ni tampoco quiere decir que vayamos a renunciar a los contratos. Existen contratos ágiles (necesarios cuando se trabaja con proveedores), menos cerrados y más basados en la colaboración.

Por último, no deberíamos gastar mucho tiempo en elaborar un plan; debería ser más bien algo a alto nivel que no consuma mucho tiempo y teniendo en cuenta que es positivo que cambie para adaptarse a las nuevas necesidades.

Tal ha sido el éxito de este manifiesto que, 17 años después de aquella reunión, algunas de las empresas más grandes del mundo, como Google, Spotify o Netflix han adoptado el Agile como parte de sus procesos internos con bastante éxito.

En Naranja | 8 herramientas para comenzar con las metodologías ágiles

Tu opinión es muy importante para nosotros.

¿Te ha aportado valor esta información?

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (3 votos, media: 4,67 sobre 5)
Cargando…