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Son ya muchas las ocasiones en las que hemos insistido en este mismo medio en la importancia del ahorro. Y es que no existe ninguna persona, salvo quizá los muy ricos, que puedan permitirse el lujo de adquirir todos los bienes y servicios que necesitan sin haber gestionado adecuadamente sus recursos económicos.

Nuestra renta es limitada y, por este motivo, hemos de elegir qué bienes adquirimos y cuáles no. Por lo general, dejaremos de consumir aquellos bienes menos necesarios para adquirir los bienes de primera necesidad y, si todavía tenemos renta pendiente, comenzaremos a consumir aquellos bienes de más lujo. En microeconomía, este comportamiento se estudia a través de la restricción presupuestaria o renta de balance.

Restricción presupuestaria: ¿qué bienes puedo adquirir?

Se entiende por restricción presupuestaria o recta de balance al conjunto de distintas combinaciones de dos bienes que pueden ser consumidas por un individuo en función de una determinada renta y de unos determinados precios de los bienes. Es decir, la restricción presupuestaria nos da una idea de qué bienes podemos consumir y en qué cuantía.

Conviene aclarar que, si bien los individuos no consumimos únicamente dos bienes en nuestra vida cotidiana sino muchos más, se utiliza la elección de dos bienes con el objetivo de simplificar al máximo posible el análisis. En la realidad, necesitamos muchos más bienes, por lo que compramos y, por tanto, consumimos numerosos bienes y servicios.

Imaginemos que ya sabemos qué dos bienes vamos a consumir para un mes. En este caso, es necesario saber también la cuantía en la que los consumiremos, puesto que existen bienes de consumo diario y otros en los que el desembolso inicial es suficiente para su consumo a lo largo de los años. Es bastante probable que no necesitemos adquirir un coche más que una vez cada diez o quince años y, sin embargo, lo más probable es que tomemos un café o utilicemos un billete de metro a diario.

En este caso, a lo que la recta de balance trata de responder es al llamado equilibrio del consumidor, es decir, el problema sobre la cantidad que va a consumir un determinado individuo, con una determinada renta y ante la alternativa de elección entre dos bienes determinados y que, además, no ahorra nada de su renta ni puede tampoco endeudarse. Es decir, toda su renta es gastada íntegramente en dos bienes.

Pongamos, por ejemplo, que el individuo en cuestión consume únicamente leche y zapatos, y que tiene una renta de 100 unidades monetarias. El precio del litro de leche es de cinco unidades monetarias, mientras que el precio del par de zapatos es de diez unidades monetarias. En este caso, las cantidades consumidas podrían ser de cinco zapatos y diez litros de leche.

Sin embargo, el individuo en cuestión podría haber elegido otra combinación diferente, por ejemplo, seis pares de zapatos y ocho litros de leche. O, también cuatro pares de zapatos y doce litros de leche. En este sentido, la recta de balance mide todas las posibles combinaciones de bienes para una renta determinada. Pero, ¿qué criterio seguirá el individuo para escoger una u otra combinación de bienes?

¿Cómo de útiles nos resultan los bienes?

Tal y como habíamos afirmado en el segundo párrafo de este artículo, cualquier consumidor elegirá los bienes que le proporcionen una mayor satisfacción en un momento de tiempo determinado. En este sentido, y si tomamos como referencia a Maslow, los individuos tendrán que satisfacer sus necesidades más básicas para más adelante poder satisfacer las necesidades menos básicas.

Si atendemos a esta definición, el consumidor gastará parte de sus 100 unidades monetarias en leche hasta que su necesidad haya sido satisfecha y, posteriormente, gastará el resto de su renta en zapatos. Es decir, la combinación óptima de un individuo será aquella que maximice su bienestar individual.

Si consideramos más valiosos los zapatos que la leche, hasta el punto de consumir la cantidad mínima de leche para subsistir (pongamos cuatro litros de leche) con tal de poder adquirir la mayor cantidad de zapatos posible, elegiremos adquirir tan solo cuatro litros de leche y gastaremos, por tanto, 20 unidades monetarias de renta (5*4), mientras que consumiremos ocho pares de zapatos (8*10).

Por este motivo, no existe una única restricción presupuestaria o recta de balance, sino que ésta depende del individuo concreto que se esté analizando, no tanto de su renta, si no de la utilidad que le proporcione cada par de bienes.

¿Qué ocurre cuando se modifican los precios o la renta?

Pero, ¿qué ocurre cuando se modifica alguna de las variables que afectan al modelo (precios de los bienes o su renta)? Evidentemente, el modelo cambia. Si, por ejemplo, nuestra renta aumenta por una subida de salario, podremos adquirir más bienes que antes, por lo que la combinación inicial cambiará.

Además, cambiarán nuestros gustos y preferencias. Cuanta mayor renta tengamos, más preferencia tendremos por bienes de lujo e, incluso, dejaremos de consumir los bienes llamados inferiores, aquellos cuya demanda disminuye cuando aumenta la renta. Por ejemplo, dejaremos de comer en restaurantes de comida rápida para comer en otros restaurantes de mayor calidad y, por tanto, mayor precio.

En cambio, si se modifica el precio de uno de los bienes en cuestión, lo que se modificará será el consumo de ese bien; aumentará si su precio disminuye y disminuirá si su precio aumenta, siempre manteniendo constante nuestros gustos y preferencias.

En definitiva, la restricción presupuestaria o recta de balance trata de medir cuál es el consumo que realiza un determinado individuo teniendo en cuenta el presupuesto con el que cuenta y el precio de los bienes que consume.

En Naranja | ¿Cómo varía nuestra satisfacción y bienestar ante un mayor consumo?
Imagen | Estellina


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