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Viktor E. Frankl fue un neurólogo y psiquiatra austríaco. Fundador de la logoterapia, fue uno de los tantos supervivientes de tres larguísimos años de estancia en varios campos de concentración nazis, entre ellos Auschwitz y Dachau. A partir de esa experiencia, escribió el libro «El hombre en busca de sentido», una obra que sirve para centrar el debate sobre la percepción cambiante del valor a medida que evoluciona la edad de la persona.

Sólo hay una cosa que hace al hombre capaz de soportar lo peor y realizar lo imposible. Y esto es precisamente el tener un deseo de sentido y el convencimiento de que es responsable de encontrar ese sentido a su vida. Viktor E. Frankl

Lo cierto es que lo primero que ha evolucionado es el concepto de edad. Hasta ahora, la edad siempre había estado ligada a términos biológicos. Se pensaba que correspondía a un determinado estado físico, pero los avances médicos, la mejora del bienestar, el aumento de la longevidad y la presión social han desmontado radicalmente esta idea.

Un estudio de eZonomics nos da una idea: «a menudo se dice que la basura de un hombre es el tesoro de otro». Esto lo que viene a decir es que las personas pueden tener percepciones muy diferentes de cuánto vale algo. Pero también que esa percepción del valor va cambiando en la misma persona a medida que envejecemos.

No hay duda de que los niños tienen una percepción de valor muy diferente a la de los adultos. Y esa percepción del valor continúa evolucionando a lo largo de la vida de una persona, incluso aunque no seamos conscientes de ello.

El precio, una razón para comprar

En un estudio realizado en 2007, unos investigadores franceses analizaron el impacto de la edad en la importancia percibida de tres factores conocidos que influyen en las personas cuando compran ropa: precio, durabilidad e idoneidad. Para los participantes más jóvenes, un precio bajo se consideraba una razón suficiente para comprar la prenda de vestir. Para los maduros, la idoneidad era un factor más importante, mientras que para las personas más mayores, la durabilidad era lo más importante, señala una de las conclusiones de ese análisis.

Esa diferencia de percepción a la hora de comprar ropa (unos priman el precio, otros que sea duradera, y los terceros prefirieron centrarse en que les siente bien) puede deberse a factores como la presión del trabajo, la jubilación y las obligaciones familiares. Los más jóvenes no suelen percibir esos elementos de la misma manera que los que superan ampliamente su edad, y no tienen tantas preocupaciones sobre cómo gastan el dinero.

Esta tendencia se ve claramente en el aumento en las preferencias de los sitios de venta de ropa online y en el espectacular éxito de plataformas de intercambio como Depop o Shpock. Muy populares entre los adolescentes, proporcionan una manera de obtener algo nuevo cada semana a un precio muy bajo. La ropa puede no ser duradera, pero a las personas jóvenes que la compran no les importa: es probable que la hayan cambiado dentro de un mes.

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También se ha demostrado que las personas mayores prefieren comprar marcas establecidas desde hace mucho tiempo a la hora, por ejemplo, de cambiar de coche. Una encuesta revela que las personas mayores, al comprar un automóvil, consideran menos marcas, menos concesionarios y menos modelos, y escogen con mayor frecuencia marcas consolidadas. Está claro que arriesgan poco.

Es probable que haya varias razones para esto. Primero, y lo más obvio, las personas mayores realmente tienen más experiencia, lo más probable es que estén comprando la misma marca de automóviles después de décadas de adquisiciones. Es probable que el hábito entre en juego aquí también, según el análisis de eZonomics. Otra gran diferencia entre edades, es que las personas mayores tienden a dar mucha más importancia a los objetos emocionalmente significativos.

El valor sentimental no tiene edad

Un estudio de 2015 mostró que los jóvenes estaban más motivados por la emoción. Las personas de edad mediana, ni jóvenes ni mayores, por el poder y el éxito. Las personas mayores se suelen guiar más por la tradición y por la religiosidad. Todo esto entra en juego cuando consideramos cuánto pensamos que vale algo.

De hecho, el valor sentimental es algo que nos afecta desde muy temprana edad. A los seis años, los niños experimentan algo conocido como el efecto de dotación: valoran más un objeto simplemente porque lo poseen.

Y este sentimiento puede llegar a ser muy fuerte en la vejez. En el 2000, Linda Price, de la Universidad de Arizona, entrevistó a 80 personas mayores sobre las posesiones especiales que habían tenido durante mucho tiempo, y descubrió que la mayoría valoraba muy positivamente algunos de estos artículos. «Puedo mirar cualquier cosa en esta casa y recordar ocasiones especiales. Es casi como una historia de nuestra vida«, reconoció una de las entrevistadas.

En otro estudio similar, llevado a cabo en Nueva Zelanda, una mujer que vivía en una residencia de la tercera edad explicó que un plato de cerámica le recordaba a su madre, y agregó: «Me encanta tener este plato para hacerme compañía».

Por supuesto, llevada a su extremo, esta actitud puede llevar a la acumulación, incluso al conocido como síndrome de Diógenes. Pero esa cuestión es muy diferente a la evolución de la percepción del valor a medida que la persona va ganando años. En cualquier caso, varios estudios confirman que tener posesiones especialmente valoradas por una persona, debido a razones emocionales, aumenta su grado de satisfacción con la vida.

Las personas mayores, que perciben su horizonte temporal como limitado, ponen mayor énfasis en los objetos emocionalmente significativos, relacionados con los sentimientos, como el equilibrio de los estados emocionales, que en los objetos relacionados con el conocimiento. Yashu Bansal, de la Universidad Nacional de Derecho Chanakya en Patna

La conclusión del análisis de eZonomics es clara: el valor, como la belleza, está en el ojo del espectador, en este caso del propietario del objeto, que «valdrá mucho si vale mucho para ti».

Los joviejos

Disimular la edad, aparentar ser más joven (o en algunos casos, más mayor) de lo que realmente dice el DNI y la biología, es consustancial al ser humano. Está muy extendida la idea del viejoven, quienes tratan de rejuvenecer a toda costa. Este perfil es fácil de identificar: personas mayores que se visten, hablan y viven como adolescentes, incluso se mueven siempre en esos ambientes, o pasan por el quirófano para maquillar la edad y/o se gastan fortunas en cremas.

Menos conocido es que en psicología se utiliza el concepto de joviejo para describir a los que suelen fingir ser mayores o aquellos que aún son jóvenes pero adoptan costumbres y gustos de mayores. Su afán es escapar de esa adolescencia prolongada en la que se ha convertido la treintena para vivir ajenos a los usos de su generación. Es otra forma de rebeldía.

Estas actitudes tienen mucho que ver con la actitud ante la vida, pero también con el movimiento en las edades en un mundo cambiante y sometido a una revolución demográfica casi constante. Eurostat habla del joven como aquella persona que llega hasta los 25 años, pero la clave no es tanto ser joven sino sentirlo y parecerlo, y que te reconozcan socialmente así.

En cualquier caso, la obsesión por aparentar ser más jóvenes ha provocado un retraso aproximado de un decenio en la percepción de la edad. Así, la crisis de los 40 ocurre ahora a los 50. El septuagenario de antaño es el octogenario de hoy, del mismo modo que el treintañero ahora es el veinteañero de antes. El retraso en la madurez de los jóvenes, más dependientes actualmente del ámbito familiar por razones económicas, parece estar en el origen de este cambio, y es por tanto una consecuencia inesperada, y posiblemente imperceptible ahora (pero probablemente visible dentro de una década), de la prolongada crisis que estamos sufriendo.

El retraso en la incorporación al mercado de trabajo, y por tanto en abandonar el hogar familiar, supone también retardar el momento de tener hijos. Así, con 40 años eres todavía joven, cuando hace un siglo ya eras considerado de edad avanzada. A esa edad, se tienen ahora muchas probabilidades de llegar a ser centenario.

El incremento de la longevidad

Otro factor a tener en cuenta es el salto demográfico generado por factores como el incremento de la longevidad, el alargamiento de esperanza de vida, y de la calidad de ésta, mientras la mortalidad infantil se ha desplomado. Una consecuencia de esto es que la familia invierte más tiempo y más dinero en los hijos, en su educación, alargando la etapa de permanencia en el hogar. Otra es la mejora del bienestar, que ha repercutido también en los mayores, que llegan a esa etapa de la vida con unas condiciones de salud y económicas bastante mejores que en generaciones anteriores.

En esas condiciones, es comprensible que muchos quieran ser viejoven. Van al gimnasio y con 60 años pueden presentar una condición física casi tan buena como uno/a de 30. Cuidan su imagen y visten a golpe de tendencia, ven las mismas series que sus hijos y se enganchan al Candy Crush.

Así, no es extraño, por ejemplo, que una mujer de 50 años pueda pasar por una de 35. El afán por ser eternamente joven ha existido siempre. Pero ahora invertir en salud y bienestar está al alcance de muchos, hasta tal punto de que la gente mayor se ha convertido en el público objetivo de muchas campañas comerciales en la estética y en la sanidad, entre otros negocios.

El miedo a envejecer

Cada vez más personas están enfrascadas en una lucha por esquivar el envejecimiento. Cuando esa actitud se convierte en excesiva y se hace irracional,  estalla la gerascofobia, el término que se utiliza en psicología para definir el miedo a envejecer, que induce a quien la padece a evitar cualquier conducta o acción que lo pueda relacionar con hacerse mayor, a someterse a operaciones de estética o iniciar tratamientos de envejecimiento, y a una atención obsesiva en el aspecto físico.

Parece que la sociedad ha puesto en un altar la juventud y la belleza, asociándolas a la felicidad. Cuando no se tienen, ya no se puede ser feliz. Lo cual es totalmente falso. Al final, el envejecimiento es oxidación de las células, y no tiene por qué producir pérdida de la curiosidad, la capacidad por verse seducido ante lo nuevo o lo desconocido, o falta de apasionamiento.

Pero al mismo tiempo la mitad de los niños que nacen en España tienen bisabuelos. Esto no había pasado nunca y modifica la percepción sobre la etapa de la vida en la que cada uno está. Y además cada vez es más común llegar a los 75 e incluso 80 años sin achaques propios de esas edades. Ser mayor no es que sea deseable, pero está mejor valorado que hace unos años.

Todo esto, de nuevo, cambia la percepción del valor con la edad. El que hace unos años era visto poco menos que como una carga, ahora se ha convertido en objeto del deseo de las grandes marcas. Vivir para ver.

Imágenes | Pexels en Pixabay, Eugene Zhyvchik en Unsplash


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