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Nos gusta ganar, pero ni de lejos tanto como lo que nos molesta perder. Sólo tienes que pensar en la alegría que expresa un niño pequeño cuando se ve vencedor frente a la rabieta de proporciones épicas que les suele entrar cuando pierden.

Este fenómeno tiene base empírica y nombre científico. Es lo que David Kahneman y Amos Tversky denominaron el sesgo de la aversión a la pérdida, un fenómeno psicológico que puede aplicarse perfectamente a nuestra vida diaria y a nuestras decisiones de inversión.

Qué es el sesgo de la aversión al riesgo

Ambos psicólogos realizaron en 1981 un experimento titulado “La formulación de las decisiones y la psicología de la elección» en el que descubrieron que una pérdida nos duele 2,5 veces más que el disfrute que experimentamos por una ganancia equivalente.

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Para llegar a esa conclusión hicieron una prueba en la que proponían a los participantes la siguiente apuesta: lanzarían una moneda al aire y, en caso de salir cara, el participante ganaba 100 €, pero en caso de salir cruz, debería pagar 100 €. El valor esperado de la apuesta es de cero, puedes perder la misma cantidad que puedes ganar. A lo largo del experimento fueron variando las cantidades para testar en qué punto los partícipes aceptaban.

El resultado del estudio de Khaneman y Amos Tversky fue que para que la mayoría aceptase la apuesta el beneficio esperado debería ser de 250 € manteniendo la pérdida en 100 €, lo que deja el valor de la apuesta en 75 €. De ahí es de donde sale la conclusión de que las pérdidas son 2,5 veces más dolorosas que las ganancias.

El siguiente gráfico resume cómo nos sentimos al ganar y al perder:

Este miedo a perder dinero o cualquier otra cosa se traduce en una aversión al riesgo y es uno de los principales sesgos cognitivos descubiertos por la economía conductual como el sesgo del presente. Estos sesgos son atajos que usa tu cerebro como respuesta automática a determinadas situaciones. La aversión a la pérdida y al riesgo es una de las más importantes y tiene varias ramificaciones.

No sólo nos afecta más perder, también tendemos a huir del riesgo, salvo en determinadas circunstancias. Así, Khaneman y Tversky también descubrieron que ante una pérdida segura, preferimos arriesgar más, sólo para intentar no perder. Para que lo entiendas mejor, ante la posibilidad de perder seguro 75 € o un 75 % de perder 100 € con un 25 % de opciones de no perder nada, un 90 % de personas se decantará por esta segunda alternativa.

Cómo nos afecta el riesgo a perder en la toma de decisiones financieras

Tendemos a pensar que somos más listos y racionales de lo que en realidad podemos ser y somos a la hora de la verdad. La traducción es que los sesgos cognitivos nos llevan a tomar decisiones que no siempre nos benefician. La aversión a la pérdida es sólo un ejemplo.

Una de sus ramificaciones es lo que se conoce como el efecto certeza. Al igual que evitaremos la pérdida aunque asumamos más riesgos, también elegiremos ganar menos con tal de no asumir riesgos. Es decir, preferimos inversiones seguros con las que ganar muy poco sin arriesgar nada en lugar de tener la opción de ganar más asumiendo algunos riesgos.

La traducción práctica a efectos de inversión es una apuesta por las cuentas corrientes, los depósitos y activos defensivos. Así se desprende del informe Savings 2018 de ING, donde se afirma que un 77 % de los encuestados dispone de cuenta corriente para sus ahorros y un 36 % añade depósitos como fórmula de inversión, pero no llegan a un 10 % quienes cuentan con fondos de inversión.

El motivo de este comportamiento es que elegir la opción segura apenas requiere esfuerzo mental y análisis, mientras que evaluar un riesgo y asumir una pérdida sí, como acabamos de ver. El problema es que la inflación se puede comer el 35 % de tu dinero si no logras una rentabilidad adecuada y que con ese tipo de productos tampoco sacarás mucho partido al interés compuesto si inviertes a largo plazo.

El efecto reflejo y el efecto dotación, una variante de la aversión a la pérdida

Existe otra vertiente de la aversión a la pérdida que se conoce como efecto reflejo. Dicho de otro modo, arriesgaremos más para recuperar un dinero que hemos perdido que para ganar esa misma cantidad de dinero. Esto se debe también a otro sesgo cognitivo llamado efecto dotación, según el cual valoramos más algo que ya es nuestro, por encima incluso de su valor o precio real.

Estos dos sesgos cognitivos son los causantes de que no sigas uno de los consejos de inversión en bolsa más repetidos: dejar correr las ganancias y cortar las pérdidas. En otras palabras, no vender mientras una acción está subiendo pero hacerlo rápidamente cuando cae, asumiendo las pérdidas una vez estas superan cierto umbral. Esto que parece fácil es uno de los errores comunes en el inversor novato, que aguantará una acción con pérdidas con la esperanza de que se recupere antes de asumir su error, es decir, de reconocer la pérdida.

Más allá de la inversión, el miedo a perder está presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Por eso es importante que antes de tomar una decisión impulsiva te pares a pensar las opciones, porque puede que tu cerebro no esté tomando la mejor alternativa para tus intereses.

En Naranja | No somos tan listos como creemos y, por suerte, la economía conductual ha venido para explicárnoslo


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