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Nuestra capacidad de razonar es lo que nos separa del resto de animales y lo que nos ha permitido evolucionar como especie. Una bendición y al mismo tiempo un castigo cuando nos pasamos de listos. A fin de cuentas, seguimos teniendo ideas peculiares, adquiriendo hábitos no siempre positivos y dando cosas por sentadas. Todos estos hándicaps se trasladan a nuestras decisiones haciendo que nuestra racionalidad sea limitada.

El concepto de racionalidad limitada se basa en que nuestra capacidad de juicio es imperfecta y limitada, especialmente en el ámbito económico. Esta teoría choca con la concepción clásica del hombre racional, capaz de analizar la situación, su entorno y actuar en consecuencia para tomar la mejor decisión, que coincidiría siempre con la solución más eficiente.

Qué es la racionalidad limitada

El concepto de racionalidad limitada surge de la mano de Herbert Simon, que lo mencionó por primera vez en su libro “Administrative Behavior”, aunque después otros autores como Daniel Khaneman también han trabajado para desarrollar parte de lo que hoy se conoce como economía conductual.

Según la teoría de la racionalidad limitada, las personas tomamos decisiones solo de forma parcialmente racional por nuestras limitaciones cognitivas, de información y de tiempo. Simon dividió el proceso de toma de decisiones racionales en tres pasos: identificar las alternativas, analizar los posibles resultados y escoger la opción más eficiente.

El autor determinó que nunca podríamos tomar la mejor decisión porque es imposible determinar todas las posibles soluciones y sus consecuencias. Para empezar, podemos no tener toda la información necesaria para tomar la mejor decisión o no disponer de tiempo para el análisis, además de que nuestras propias capacidades mentales pueden limitar la capacidad de asimilar toda esta información.

A esto se añaden otros factores que también afectan a nuestro juicio como las normas sociales, éticas o la presión de grupo y la forma en la que percibimos la realidad que nos rodea.

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Por qué no siempre es racional nuestro comportamiento

Es fácil pensar que podemos ser totalmente imparciales al analizar cualquier cuestión, sea económica o de cualquier otro tipo. Sin embargo, la realidad es que al final nos dejamos guiar por diferentes fórmulas para interpretar la realidad y dar sentido a lo nos rodea. Nuestra mente busca atajos, patrones e incluso tiende a simplificar los problemas para hacerlos más accesibles, entre otras cosas. Estos y otros sesgos cognitivos alteran nuestro juicio y capacidad de análisis.

Es la forma que tenemos de lidiar con las decisiones a las que nos enfrentamos a diario para simplificar el proceso y responder más rápido. El coste en este caso es que no siempre actuamos de forma óptima. Somos parcialmente racionales porque contamos con sesgos cognitivos que lastran nuestra capacidad de análisis, un entorno cambiante y porque muchas veces ni siquiera contamos con todos los datos a nuestro alcance.

como afecta la racionalidad limitada a nuestras decisiones financieras

Cómo afecta la racionalidad limitada a nuestras decisiones económicas y empresariales

Esta forma de actuar está presente tanto en nuestro día a día como en las decisiones económicas más importantes. Un buen ejemplo es el de comprar una casa. Al analizar la cuestión tendemos a simplificar los criterios de selección porque ver demasiadas casas lleva mucho tiempo y no es especialmente divertido. Y todo esto sin sumar otros componentes psicológicos adicionales como que nos guste la distribución de la casa o simplemente nos enamoremos de la terraza.

Este comportamiento también se traslada a otras áreas como la inversión, donde también tendemos a fijarnos en sólo una serie de indicadores a la hora de escoger dónde invertir nuestro dinero, por ejemplo. En este caso también hay otros sesgos cognitivos clave que afectarán a nuestra decisión como la aversión a la pérdida o el sesgo del presente.

A modo de ejemplo, al invertir en bolsa hay que enfrentarse al primer dilema de en qué invertir y en qué momento hacerlo. Hay infinidad de factores a analizar, tantos que es fácil perderse. Ante esa avalancha de información lo más habitual es que el cerebro busque atajos automáticamente y que pienses como punto de partida en empresas españolas porque son más cercanas y te suenan más.

Además, una vez hayas invertido, esta racionalidad limitada hará que te cueste más desprenderte de esas acciones aunque pierdas, primero por la aversión a la pérdida y segundo porque tendemos a valorar más un activo que tenemos. Por eso mismo piensas que tu casa vale más que la de tu vecino o que una del bloque de enfrente.

Pero las decisiones económicas no son las únicas; la racionalidad limitada se puede aplicar a casi cualquier acción cotidiana que realizamos.

Aceptarla y entender cómo la utiliza tu cerebro te ayudará a tomar mejores decisiones en todos los ámbitos.

 

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