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El 1 de enero de 2002 España adoptaba el euro como moneda de curso oficial. Tocaba acostumbrarnos a una nueva unidad de medida para los precios, a llevar nuevos billetes en nuestra cartera y, por supuesto, a que todos los productos y servicios pasasen a estar denominados en esta nueva moneda.

En los últimos 17 años, sabemos qué ha pasado después de haber adoptado el euro. Pero hagamos un poco de economía ficción:

¿Qué hubiese pasado si no hubiésemos adoptado el euro?

Es decir, ¿qué hubiera pasado si hubiésemos seguido utilizando la peseta como moneda de curso legal?

Desde luego, es imposible saberlo con exactitud, pero sí podemos enumerar algunas hipótesis teniendo en cuenta los antecedentes previos.

La política monetaria, en manos del Banco de España

Uno de los principales cambios que el euro trajo consigo fue la cesión de la soberanía monetaria a una entidad supranacional, el Banco Central Europeo. La política monetaria dejaba de ser competencia exclusiva del Banco de España, y pasó a estar compartida con otros doce países europeos, cada uno de ellos con su propia idiosincrasia y sus propias necesidades financieras.

Esta cesión supuso una pérdida bastante importante para la economía española. En los años 90, la política monetaria había sido un instrumento muy utilizado por los diferentes gobiernos para capear las crisis económicas. Sin ir más lejos, la peseta fue objeto de hasta cuatro devaluaciones competitivas entre 1992 y 1995, que tenían como objetivo frenar los desequilibrios de los mercados en plena tormenta financiera. El resultado: una pérdida de valor de nuestra antigua moneda de hasta el 25 % con respecto al marco alemán y el dólar estadounidense en tan solo 3 años.

25 %

Es la pérdida del valor de la peseta entre los años 1992 y 1995.

Habría cabido esperar que, durante la crisis económica y financiera de 2008, la política monetaria se hubiese utilizado de la misma manera, con sucesivas devaluaciones competitivas de la peseta, lo que hubiese servido para corregir los desequilibrios exteriores.

En pleno 2008, la balanza comercial española registraba un déficit cercano al 9 %. Pocos años después, en 2013, se alcanzaría el superávit, pero este solo fue posible por una fuerte reducción de costes, fundamentalmente a través de los salarios y la famosa austeridad pública. Algo que, supuestamente, se podría haber evitado en caso de haber dispuesto de nuestra propia política monetaria.

Sin embargo, hay expertos que ponen en duda esta hipótesis ya que, si bien la devaluación habría servido para suavizar el impacto de la crisis, la salida ha sido más acelerada en este contexto que en épocas anteriores. Hay que tener en cuenta, además, que las anteriores devaluaciones supusieron un aumento en el precio de las importaciones, especialmente de aquellas materias primas de las que España era dependiente, como el petróleo. Los costes se encarecieron de manera notable, especialmente los asociados al transporte, arrastrando tras de sí a la mayoría de sectores productivos de nuestra economía.

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¿Sería todo más barato con la peseta?

Con la entrada del euro, se produjo un fenómeno que a día de hoy todavía muchas personas tienen muy presente: el popular redondeo.

La regla era sencilla: si un producto costaba 100 pesetas, pasaba a costar 1 euro.

Sin embargo, escondía una realidad algo perversa: el producto se estaba encareciendo un 66 %, ya que la conversión final no era de 100 pesetas a 1 euro, sino de 166,386 pesetas a 1 euro. De hecho, en aquel momento, el Ministerio de Economía admitió que el redondeo había afectado a la inflación, y la percepción de muchos consumidores era haber salido perjudicados con la puesta en marcha de la nueva moneda.

Sin embargo, en los meses siguientes, la inflación se moderó y mostró un menor diferencial con respecto a la zona euro. Desde enero de 2002 y hasta diciembre de 2018, el IPC creció un 40 % en total, o lo que es lo mismo, un 2 % en términos anualizados, según el INE. Por poner este dato en perspectiva, en los 17 años anteriores, el IPC había subido un 105,5 % en total (en torno a un 4,2 % en términos anualizados).

Es decir, los precios habían crecido 2,5 veces más con la peseta de lo que lo habían hecho con el euro.

Por tanto, aunque todavía existe la creencia generalizada de que con el euro todo es más caro, es probable que hubiera habido un encarecimiento mayor de los principales productos de la cesta de la compra en caso de haber seguido con la peseta, sobre todo si la política monetaria hubiese seguido el mismo rumbo que en la década de los 90.

Los viajes a Europa habrían sido más caros

Posiblemente, lo que más notamos los españoles al adoptar el euro fue que ya no teníamos que cambiar la divisa cuando queríamos visitar un país perteneciente a la Eurozona. Los mismos billetes y monedas que utilizábamos aquí nos valían para pagar en Alemania, Francia, Italia u Holanda, entre otros muchos países.

Pero, ¿cómo hacíamos para viajar antes por Europa? Pues como hacemos en la actualidad a cualquier otro país fuera de Europa, cambiando divisas. Al menos en esto, parece que hemos salido ganando.

Y es que, debido a las continuas devaluaciones que sufrió la peseta en la década de los 90, nuestra antigua moneda vio caer su valor con respecto a la mayoría de divisas de la Europa comunitaria. Obtener algunas monedas nacionales europeas como francos franceses, marcos alemanes o florines holandeses era cada vez más caro y, por tanto, también lo era viajar a estos países.

Aunque bien es cierto que en comparación con otras monedas, como con la lira italiana o el escudo portugués, la peseta no perdió tanto valor.

A ello hay que sumarle que, en la actualidad, los españoles ya no tenemos que asumir ningún coste de transacción por comprar esas divisas, pues la moneda en todos estos países es la misma. En aquel momento, y al igual que ocurre en la actualidad cuando queremos comprar dólares estadounidenses o yenes japoneses, tenemos que pagar las comisiones correspondientes tanto por la compra como por la venta de estas divisas. Un coste que puede ser mayor o menor en función del tipo de servicio que elijamos.

En definitiva, y aunque todo esto son puras elucubraciones de lo que hubiese pasado en caso de haber seguido utilizando la peseta, lo más probable es que tendríamos más inflación y viajaríamos más caro, y, sobre todo, no contaríamos con el paraguas actual que supone el Banco Central Europeo.

Y tú, ¿qué piensas que habría pasado si nuestro país no hubiese adoptado el euro como moneda de curso legal?

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