Coronavirus ciudades
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Como ha ocurrido con otras pandemias a lo largo de la historia, la provocada por el COVID-19 pasará. Lo que quedará de ella es el recuerdo de las personas que se llevó, las lecciones aprendidas y, tal vez, la semilla de una transformación digital, económica y, también, urbana. Así pueden cambiar nuestras ciudades tras el coronavirus.

El efecto inmediato: recuperando las calles

Si de una cosa nos hemos dado cuenta durante las fases de la desescalada es que las calles se nos han quedado pequeñas. Para pasear, para ir en bicicleta, para las terrazas de los bares…

Cuando hemos dejado de coger el coche y hemos tenido que apretujarnos en las aceras, nos hemos dado cuenta del espacio que estos ocupan. Eso ha impulsado a muchas ciudades a coger prestado ese espacio para crear carriles bici (algunos provisionales, otros para ser permanentes), ampliar terrazas de los bares o peatonalizar calles.

Paris, por ejemplo, está invirtiendo 300 millones de euros para crear una red de 650 km de carril bici en toda la región. También ha convertido 50 km de carriles en ciclovías. Algo parecido ha hecho Milán, reduciendo la velocidad a 30 km/h en gran parte de la ciudad y añadiendo 35 km de ciclovías permanentes en el asfalto.

Es posible que, tras el coronavirus, estos cambios permanezcan y las ciudades conserven los espacios recuperados al coche, con los beneficios que ello supone. Además, hay que destacar que estos cambios, aunque parezcan pequeños, pueden ser el embrión de otros más importantes, especialmente si tenemos en cuenta la reducción de la movilidad impulsada por el teletrabajo.

El efecto a medio plazo: menos desplazamientos, ciudades más habitables

Más teletrabajo, menos desplazamientos

Durante el confinamiento, el coronavirus ha provocado que nuestras ciudades se hayan convertido en ciudades fantasma, propias de películas post-apocalípticas. La causa ha sido el confiamiento extremo al que nos hemos visto abocados por cuestiones sanitarias, obligando a muchas empresas a adoptar el teletrabajo de la noche a la mañana.

Un teletrabajo que, en muchas de estas compañías, ha llegado para quedarse. Es el caso de ING, que desde septiembre implantará un modelo de teletrabajo 100% libre para sus 1.400 empleados.

El tema del teletrabajo no es trivial. Por un lado, evita muchos desplazamientos diarios; por el otro, permite que cuando tengas que desplazarte, lo hagas fuera de horas punta. Eso se traduce en una menor saturación del transporte y las vías públicas, lo que permite recuperar espacio para el peatón y la bicicleta y reducir el ruido y la contaminación.

Claro que es posible que este efecto tarde en verse, e incluso veamos el contrario a corto plazo. Con la vuelta a la normalidad y el regreso al trabajo de quienes no pueden teletrabajar, mucha gente ha preferido utilizar el transporte privado al público para evitar aglomeraciones, aumentando el tráfico.

Aquí juegan con ventaja ciudades que llevan tiempo trabajando otros modelos de transporte o han implantado medidas provisionales para fomentar el uso de la bicicleta y los patinetes eléctricos.

Valencia, por ejemplo, ha creado en los últimos años una red de carriles bici que vertebran la ciudad y son una alternativa viable al transporte público y privado. Además, está previsto que ofrezca ayudas a la compra de vehículos de movilidad personal (bicis y patinetes), algo que también ha hecho Italia.

Así, a medio plazo, la movilidad en la ciudad post-coronavirus estará más diversificada, combinando vehículo privado, transporte público y trayectos a pie, en bici o en patinete. Eso también implica que el centro perderá parte de su relevancia como foco de atracción, desplazado por la actividad de cercanía en los barrios.

El efecto a largo plazo: un cambio en el modelo de ciudad

Cambio modelo de ciudad

Imaginemos por un momento que el teletrabajo se extiende por todos los sectores en los que es posible, y que además lo hace profundamente, permitiendo a los empleados trabajar desde cualquier lugar de España y no solo cerca de las oficinas.

Bajo esa premisa, las grandes ciudades perderían parte de su razón de ser: concentrar empresas y talento. Así, muchas empresas no tendrían que estar radicadas en Madrid o Barcelona para conseguir los profesionales que buscan, ni estos irse a vivir a otra ciudad (generalmente, más cara que la suya) para encontrar el empleo que desean.

Esto permitiría a la población agruparse en núcleos urbanos lo suficientemente grandes para disponer de una buena oferta de servicios (sanidad, educación, ocio, comunicación…) de manera eficiente, pero sin los inconvenientes de las megaurbes (tráfico, contaminación, precio de la vivienda…).

Incluso podría frenar (o al menos ralentizar) el éxodo rural del que tanto se ha hablado en los últimos años. Puede que en este futuro hipotético no parezca necesario irse del pueblo para labrarse una carrera profesional.

En este futuro la distribución geográfica sería muy diferente. Las grandes capitales dejarían de ser un imán de población, mientras que urbes pequeñas y medianas ganarían relevancia.

Ahora mismo, estos tres efectos son poco más que meras conjeturas, quizás una visión utópica de cómo puede el coronavirus cambiar nuestras ciudades. Pero si algo tiene una crisis es la capacidad de transformar el mundo en el que vivimos.

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En Naranja | ¿Cómo se recuperará la economía tras el coronavirus?
Imágenes | Pawel Nolbert, Joakim Aglo, Brina Blum


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