¿Sabes qué tipo de inversor eres? Las emociones te delatan

La mayoría de la gente prefiere tener el dinero en una cuenta de ahorro o en un depósito en el banco a invertirlo para conseguir más rentabilidad. Esta es, al menos, la conclusión principal de algunos estudios como el de Schroder, donde se afirma que un 25% de los ahorradores en España tiene intención de guardar el dinero en efectivo frente a un 20% que planea invertir.

Esta menor tolerancia al riesgo nos posiciona lejos de nuestros países vecinos, donde la inversión es la opción preferida. De hecho, es el principal factor que condiciona nuestro comportamiento como inversores, donde las emociones juegan un papel fundamental.

Al invertir, ¿analizamos de manera fría y racional? No, todo depende de nuestras emociones

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En general, la mayor o menor tolerancia al riesgo que nos hace ser más o menos conservadores en nuestras inversiones depende, en mayor o menor medida, de nuestras emociones. De hecho, cuando invertimos, no somos tan racionales como creemos. A pesar de la creencia de que se trata de una decisión analizada de manera fría y racional, se ha comprobado que existen unos sesgos que condicionan nuestras decisiones de inversión.

Por esta razón, para evitar errores al invertir es fundamental saber identificar estos sesgos. Eso es al menos lo que se recoge en el estudio Behavioral finance ¿Por qué los inversores se comportan como lo hacen y no como deberían? publicado por el BME. Según esta investigación, todo depende de los sesgos emocionales y cognitivos, que hacen que tengamos mayor o menor tolerancia al riesgo, rechazando la idea de que toda decisión de inversión se realiza después de un análisis previo y teniendo en cuenta todos los condicionantes.

Estos son algunos de los sesgos más habituales.

Eres el más listo de la clase… y lo sabes

Dentro de los sesgos emocionales destaca el sesgo de exceso de confianza, que se refiere a la capacidad intuitiva que tiene el inversor de predecir la evolución del mercado. El problema es que se infravalora el riesgo, se sobreestiman las ganancias esperadas y, sobre todo, aumentan los costes de transacción, lo que puede tener nefastas consecuencias en nuestras carteras. Este inversor realiza compras y ventas en exceso, lo que aumenta los gastos y reduce la rentabilidad de la cartera que, además, está poco diversificada.

Del lado contrario, destaca la aversión al remordimiento, es decir, el temor a reconocer las consecuencias de un error en las decisiones que se han tomado. El resultado es que el inversor tiene carteras muy conservadoras, con poca rotación e incluso con valores en pérdidas porque cree que, mientras no venda, no pierde.

Si apruebas, es por haber estudiado. Si suspendes, es culpa del profesor

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Entre los sesgos cognitivos destaca el de atribución, que nos lleva a creer que las ganancias se producen por nuestras habilidades inversoras, mientras que las pérdidas son provocadas por factores externos o la mala suerte. Las consecuencias se traducen en el mantenimiento de posiciones dudosas en las carteras que, además, están poco diversificadas. Es un sesgo típico de las personas que no tienen miedo al riesgo.

Por el contrario, en los inversores conservadores influye más el sesgo del anclaje que hace que los inversores tomen el precio alcanzado por la empresa en el pasado como referente para estimar su potencial de revalorización. En este caso, el inversor mantiene valores en la cartera incluso con pérdidas esperando que vuelvan a recuperarse y vende rápidamente cuando consigue beneficios.

Más vale malo conocido… que bueno por conocer

La afinidad es otro sesgo emocional que condiciona la forma de actuar de los inversores conservadores, que invierten solo en activos o valores que conocen o son más conocidos, sin arriesgarse con otros productos que le podrían dar una mayor rentabilidad. Lo más habitual es que sus carteras estén formadas por valores nacionales conocidos.

La representatividad es un sesgo cognitivo basado en la creencia de que lo que ha ocurrido en el pasado se mantendrá en el futuro. Es decir, que se aceptan estereotipos sin analizar toda la información. Por ejemplo, se elige una acción por la rentabilidad de su dividendo sin analizar otras variables. El inversor en estos casos se caracteriza por hacer muchas rotaciones en la cartera.

En la mayoría de ocasiones, el problema es que estos sesgos no se pueden corregir porque forman parte del comportamiento humano. Sin embargo, es posible que con la tecnología se pueda utilizar mejor la información y tomar decisiones más racionales y menos condicionadas por los sesgos.


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