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Si hay una tendencia en el mundo de la inversión que ha ido ganando peso en los últimos años, esta es la gestión pasiva. Tanto es así que en 2019 ha alcanzado la paridad con la gestión en cuanto a volumen gestionado en Estados Unidos con 4,3 billones, cuando hace 20 años la gestión activa gestionaba 6,5 veces más dinero, según los datos de MorningStar.

Los números de la gestión pasiva en Europa y más en España están lejos de los estadounidenses, pero siguen la misma tendencia. De hecho, en abril la gestión pasiva europea captó el 43 % del dinero de los inversores y su cuota de mercado al cierre de ese mes era del 17,7 %, un punto por encima del ejercicio anterior.

¿Qué hay detrás de estos movimientos? Una forma diferente de entender la inversión que beneficia especialmente al pequeño inversor.

Qué es la gestión pasiva

Estamos acostumbrados a ver la inversión de forma activa porque tendemos a identificar inversión con bolsa. En este sentido, un inversor buscaría las mejores acciones y compraría y vendería en los momentos adecuados para maximizar el beneficio y batir al mercado. De hecho, este es básicamente el trabajo de un gestor de fondos de inversión.

La inversión pasiva cambia este paradigma. El objetivo ya no es invertir para superar al mercado sino igualar lo que hace el mercado. Esta fue, al menos, la conclusión a la que llegó John Bogle tras descubrir que la mayoría de fondos de inversión no conseguían batir de forma consistente al mercado. En otras palabras, que los gestores que se afanaban en buscar las mejores acciones no superaban la rentabilidad del índice de referencia y que comprar todo el mercado (replicar el S&P 500, por ejemplo) era una mejor estrategia a largo plazo.

El avance de la gestión pasiva

Fuente: Morningstar. Pincha en la imagen para ampliarla

Y si los gestores no consiguen batir al mercado ¿por qué no replicar sus movimientos para hacer lo mismo que él? Imitar al mercado es la base de la inversión pasiva.

Diferencias entre gestión activa y gestión activa

La gestión pasiva surge como contraposición a la gestión activa y por eso la mejor forma de entender en qué consiste es a través de sus diferencias.

 Gestión Pasiva

Gestión Activa

El objetivo es replicar al mercado El objetivo es superar al mercado
Se invierte, fundamentalmente, en fondos indexados y ETF Los fondos invierten directamente en determinados activos, bonos y acciones
Centrado en la inversión a largo plazo Busca rentabilidades a corto y largo plazo
No requiere grandes conocimientos financieros Requiere entender y estar muy atento a los movimientos del mercado
En un fondo indexado, el papel del gestor del fondo es limitado En un fondo, el papel del gestor es activo y clave
Bajas comisiones Comisiones más elevadas

 

Cómo funciona la gestión pasiva

El funcionamiento básico de la gestión pasiva es relativamente sencillo, sobre todo si nos limitamos a un fondo indexado o un ETF, aunque son productos diferentes. El objetivo de estos productos es imitar lo que hace su índice de referencia, es decir, replicar su comportamiento.

Para que lo entiendas mejor, un fondo indexado sobre el Ibex 35 busca moverse de la forma más parecida a como lo hará el Ibex 35. Para ello copiará la distribución de este índice, comprando las acciones que lo componen y respetando el peso específico de cada una de ellas en su composición. Tan sencillo como eso.

En consecuencia, la labor del gestor en este punto será muy limitada porque no tiene que tomar decisiones de inversión, sólo copiar el índice. Eso se refleja en comisiones más bajas, una de las principales ventajas y características de la inversión pasiva.

¿Y cuando se trata de una cartera de inversión entera y no de un solo fondo? Aquí es donde la figura del gestor cobra más importancia. Su labor en este caso tendrá una parte más activa, que consiste en seleccionar qué fondos índice y ETFs compondrán la cartera en función del riesgo que se quiera correr o las regiones en las que se quiera tener más presencia. Es decir, en determinar el asset allocation de la cartera. Y es que no es lo mismo comprar un fondo indexado al Ibex que uno al S&P 500 u otro que replique el comportamiento de los bonos.

El mejor ejemplo son las diferentes carteras de Inversión NARANJA + que se adecuan a los diferentes perfiles de inversor siguiendo un estilo de gestión pasiva.

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Puedes consultar el nivel de riesgo y los riesgos asociados a cada Fondo Cartera NARANJA en la web.

Ventajas e inconvenientes de la gestión pasiva

A estas alturas es fácil que ya tengas en mente varias de las características de la gestión pasiva, sus puntos fuertes y sus inconvenientes.

Ventajas de la gestión pasiva

La inversión pasiva destaca sobre otras alternativas por cuatro puntos concretos.

Costes y comisiones de inversión bajos

Los fondos indexados y ETFs no requieren tanta dedicación por parte de las gestoras de fondos. Esto se traduce en equipos de gestión más reducidos y en una ventaja muy concreta para el inversor: costes de mantenimiento menores respecto a un fondo tradicional.

A corto plazo puede parecer un ahorro superfluo, pero la cosa cambia cuando analizas el impacto de las comisiones a largo plazo. A modo de ejemplo, con inversión de 25.000 € en el Fondo Cartera NARANJA 50/50 ahorrarías 1855 € sólo en comisiones comparado con fondos de la misma categoría.

Gran diversificación

Con un solo fondo indexado estás comprando un mercado entero, invirtiendo en todas las empresas que lo componen. Si este fondo es sobre el S&P 500, serás dueño parcial de las 500 mayores empresas estadounidenses, por ejemplo.

Hay incluso fondos que invierten a nivel global en las mayores empresas del mundo, como el Amundi Index MSCI World, con el que estarías comprando una selección de empresas a nivel mundial en un solo producto.

Dedicación de tiempo baja

La gestión pasiva requiere menos tiempo que la gestión activa porque no es necesario estar todo el rato encima de la cartera de inversión.

Con unos pocos minutos al mes puedes gestionar todas tus inversiones. De hecho, la parte más laboriosa suele ser la de los rebalanceos de cartera, es decir,  los ajustes de los porcentajes que estás destinando a cada tipo de activo en función del riesgo que quieras asumir.

Si a esto le sumas aportaciones periódicas, la dedicación todavía será menor y evitarás el efecto adverso de equivocarte con el market timing o los puntos de entrada en el mercado.

Fácil de entender

Analizar una empresa es complicado, da igual si lo haces en función de sus cuentas como un inversor value o de los gráficos, como un analista técnico. Además, necesitas muchas acciones para tener una cartera bien diversificada.

La inversión pasiva es más fácil de entender y no necesitas tantos conocimientos para tomar decisiones. A fin de cuentas, estás apostando por todo el mercado y no por unas pocas empresas.

Desventajas de la gestión pasiva

Como es lógico, esta forma de invertir también tiene sus puntos negativos.

Funciona a largo plazo y mejor con aportaciones periódicas

La gestión pasiva se basa en la premisa de que a largo plazo hay pocos gestores que sean capaces de superar al mercado. Los datos son claros. Según el estudio The Road Less Traveled, de John Bogle, un 92,4 % de los fondos de gestión activa que invierte en acciones estadounidense sale perdiendo respecto a los índices de referencia en periodos de 15 años. En concreto, su rendimiento medio anual es un 1,5 % menor.

No hay que irse tan lejos. En España, el Plan NARANJA S&P 500 es mejor plan de pensiones de la década según los datos de Inverco.

¿Y a corto plazo? Ahí es donde gestores concretos pueden hacerlo mejor que el mercado y donde la gestión pasiva pierde parte de su magia. Sin embargo, en periodos de 10, 15 o 20 años, el mercado termina imponiéndose.

Para sacar todo el provecho a esta estrategia, es interesante realizar aportaciones periódicas a la inversión e incluso extraordinarias si el mercado baja. Esto es lo que se conoce como promediar y evita el problema del market timing.

Rentabilidad limitada

La gestión pasiva ofrece una muy buena rentabilidad, pero limitada a lo que haga el mercado. Con una buena cartera de acciones muy bien gestionada y acertando en todas las operaciones no hay límites a la rentabilidad que puedes obtener pero, como hemos visto, es mucho más difícil de conseguir.

Por fortuna, la rentabilidad del mercado es más que considerable; por ejemplo, la rentabilidad anualizada del S&P 500 desde 1923 es del 5,5 % y del 9,87 % si se reinvierten dividendos. En euros, una persona que hubiese invertido 1000 € en el S&P 500 en 1923 tendría en 2019 nada más y nada menos que 9 millones de euros.

Cómo iniciarte en la gestión pasiva

La gestión pasiva funciona con fondos indexados y ETFs. La primera decisión que debemos tomar es si invertir con uno u otro producto, ya que su fiscalidad y funcionamiento es ligeramente diferente. No obstante, existen carteras de gestión pasiva ya creadas que combinan ambos instrumentos, como los Fondos Cartera NARANJA, que nos permiten acceder con un solo producto a los principales mercados, invirtiendo en diferentes clases de activos, divisas y regiones del mundo.

Una vez decidido el producto, habría que establecer la distribución de la cartera dependiendo del riesgo que quieras correr y tus objetivos de inversión. A partir de este punto, ya podemos comenzar a invertir, a través de aportaciones periódicas o de una sola vez, a los fondos que mejor se ajusten tu perfil. Y una vez tengas tu cartera confeccionada, ya puedes olvidarte de tu inversión; el mercado hará el resto.

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