Cuando ahorrar en casa pasa por renovarse: di adiós a tus viejos electrodomésticos

¿Sabías que hasta un 80% de lo que consumes de electricidad en casa lo gastas en electrodomésticos de cocina y calderas? Es una cifra muy alta como para dejarla a un lado y no pensar en cómo puedes mejorar la manera en que los usas para ahorrar dinero. Estamos hablando de que, haciéndolo bien, podrías llegar a consumir la mitad de energía, algo que también notarías en tus facturas con un ahorro similar.

Sin embargo, hay ocasiones en las que para ahorrar no queda más remedio que cambiar de electrodomésticos. Por ejemplo, si estos tienen ya unos años (mas de seis es una buena referencia), ellos son los principales culpables de que tu dinero esté cayendo en saco roto. ¿Solucionarlo pasa por gastar dinero? Sí, pero con ayuda y como inversión inteligente.

La eficiencia energética y el pozo sin fondo

Asumamos que casi nunca viene bien comprar un nuevo frigorífico, cambiar de horno o poner una lavadora nueva. Son electrodomésticos que damos por sentado, que tenemos desde siempre y de los que sólo nos acordamos cuando dejan de funcionar. No son, además, baratos: por ejemplo, es complicado encontrar un frigorífico por menos de 400 euros.

La tentación es doble: o mantenemos los antiguos aparatos hasta que ya no pueden más o, cuando toca cambiarlos, escogemos los más baratos, sin mirar las especificaciones. Con esos dos gestos podemos estar pagando, sin darnos cuenta, hasta un 50% más de factura de la luz cada mes.

Es culpa de la llamada “eficiencia energética”: según cómo estén fabricados, los aparatos eléctricos pueden utilizar menos energía para conseguir lo mismo. El concepto se ha convertido en algo fundamental, no sólo por lo que supone de ahorro, sino también por la protección del medio ambiente y por convertirnos en consumidores sostenibles, no en depreadores energéticos.

Las etiquetas de la energía (y el ahorro que suponen)

Cuando vas a comprar cualquier electrodoméstico, es muy sencillo identificar la etiqueta energética, pero no tanto saber qué significa. La Unión Europea impuso la obligación de que todos los aparatos del hogar debían tenerla visible y que fuera clara. Por ello, suelen ser lo más sencillas posibles y estar divididas en dos partes:

  • Información común: Nombre del aparato, marca y clase de eficiencia energética.
  • Información particular: depende del tipo de aparato y resaltan los consumos que realizan para determinadas funciones concretas, como por ejemplo, el de agua en una lavadora, el ruido que hacen…

Lo más visible para nosotros, los compradores, es la clase de eficiencia. Son siete letras en distintos colores que permiten saber de un vistazo si lo que vamos a comprar es un aparato capaz de ahorrarnos dinero o, por contra, va a hacer que nuestra factura de la luz no disminuya o incluso se dispare. Veamos dos ejemplos de estas etiquetas:

Etiqueta energética

¿Pero cuáles son los electrodomésticos que ahorran?

Como vemos en el ejemplo, los electrodomésticos que más ahorran son siempre aquellos que están siempre marcados con la etiqueta “A+++”, mientras que los que más gastan son los de la etiqueta “G”. Esto va a ser igual para todos, ya estés comprando un horno, una placa de inducción o un lavavajillas.

Ahora bien, hay un problema… los aparatos más eficientes son también los más caros. ¿Suficiente como para no comprarlos? Como veremos el próximo viernes, no, porque existen ayudas para bajar su precio.

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