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La nostalgia sale cara - 1

La nostalgia sale cara, y no me refiero a que añorar tiempos pasados sea malo, pero las decisiones que a veces tomamos por nostalgia, como por ejemplo conservar ropa y artículos que nunca más usaremos, nos llevan a gastar más de la cuenta por el mero hecho de tener que buscar un lugar donde almacenar esos objetos.

La forma más gráfica de ilustrar este hecho es que puede llegar a darse el caso de que necesitemos comprar una casa más grande para poder ir guardando las cosas que acumulamos a lo largo de nuestra vida, aunque el ejemplo también vale si nos vemos obligados a comprar nuevos armarios, cómodas, estanterías o incluso alquilar un trastero para almacenar aquello de lo que nos resistimos a desechar.

El coste de guardar cosas

De todo esto hablo un poco por experiencia, pues me encuentro en la situación de que, en mi nueva casa, estoy siempre tentado de comprar una nueva cómoda o cambiar la cama por una con cajones bajo el somier únicamente porque me cuesta mucho tirar, donar o vender esos zapatos que nunca me pongo porque están muy viejos, esas camisas pasadas de moda o esos abrigos que ya no uso y que tanto ocupan.

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Lo mismo aplica para libros, juegos de mesa, antiguas videoconsolas, vajillas que han perdido demasiadas piezas, ordenadores desfasadoss, viejas televisiones, vídeos en VHS, bicicletas de cuando éramos niños… todas esas cosas ocupan un espacio muy valioso.

Inconscientemente, a medida que acumulamos cosas tenemos la sensación de que la casa se nos queda pequeña. Al principio compraremos más muebles para esconder esas cosas y que permanezcan en el olvido, que ya es un gasto significativo, o incluso quizás alquilemos un trastero (más gastos) pero poco a poco esa pérdida de espacio hará que subconscientemente pensemos que necesitamos un espacio mayor en el que vivir, y eso implica un gran gasto, como todos sabemos.

Luego, por otra parte, está el coste de oportunidad. Supongamos, por ejemplo, que nos compramos una nueva videoconsola. Es sin duda el mejor momento para vender la que teníamos y todos sus juegos para sacarle un poco de partido. Lo mismo aplica para una televisión, un ordenador o incluso un aspirador. Seguro que hay alguien interesado, y también hay tiendas especializadas que, aunque ofrecen menos que en un intercambio directo, nos evitan el engorro de tener que buscar un comprador.

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Si nos resistimos a deshacernos de lo viejo al comprar lo nuevo y no lo vendemos, no sólo estamos hipotecando espacio en nuestra casa, que ya hemos visto el coste que tiene, sino que estamos renunciando al dinero que por ese objeto podríamos obtener, y que salvo que sea un objeto de coleccionista –los casos son los menos– empezará a perder valor desde ese preciso instante.

Consejos para evitar que la nostalgia nos salga cara

Como ya hemos visto que la nostalgia sale cara, lo mejor es buscar las herramientas adecuadas para combatirla, y la mejor manera de hacerlo es mediante automatismos que nos obliguen a dehacernos de cosas antes de comprar nuevas y a ser conscientes de lo poco que usamos las cosas que almacenamos.

En el armario, por ejemplo, es frecuente que usemos el 20% de nuestra ropa el 80% de las veces, así que tras una primera revisión a fondo para eliminar todo lo que no utilizamos, es una buena metodología seguir las siguientes pautas:

* Al comprar una nueva prenda, donar o deshacerse de una equivalente que ya no usemos o que se haya quedado demodé
* Para identificar bien qué ropa no utilizamos, un buen truco es girar todas las cabezas de las perchas en un único sentido (mirando hacia nosotros). Luego, cuando descolguemos una pieza y volvamos a colgar la percha, lo haremos con la cabeza mirando hacia el fondo del armario. Así, al cabo de un tiempo (un año, por ejemplo) sabremos qué prendas no hemos utilizado en todo el año y podremos donarlas sin mayor remordimiento de conciencia.
* Ese mismo método podemos aplicarlo a zapatos y otras prendas, colocando los que hayamos usado en zonas diferentes del armario, por ejemplo, y así identificaremos los que nunca nos ponemos.

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La regla de deshacerse (entiéndase reciclar, donar o vender según proceda) de un objeto equivalente al comprar uno nuevo se puede aplicar a lo largo de toda la casa, como cuando compramos una nueva televisión, un nuevo ordenador, una nueva videoconsola, una vajilla, una cubertería, un set de copas, mantelería, sartenes… salvo que vayamos a darle un uso claro a ese objeto al que el nuevo sustituye, lo mejor es no guardarlo, porque lo más normal es que acabe ocupando un sitio muy valioso.

Obviamente, esto no se aplica siempre, y aunque casi siempre la nostalgia sale cara, tiene sus excepciones, y hay objetos con un marcado valor sentimental por los que podemos asumir ese coste extra que supone guardarlos. Yo conservo mis videoconsolas siendo consciente de que es un acto casi irracional, así como los álbumes de cromos de cuando era pequeño, y también entiendo que hay quien prefiera hacer concesiones con los libros –y mira que ocupan– o los discos –especialmente si son de vinilo– a pesar de que un mundo digital como el actual es algo que carece de toda lógica desde el punto de vista estrictamente económico y racional.

Imágenes | Marc Biebusch, Rubbermaid Products y Bryan Ochalla
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